Los primeros días decembrinos llegan cargados de esperanza. En los Andes, llegan aromando a la fértil tierra que espera ansiosa la visita de la fresca lluvia. En estos días, los campos de cultivo son apenas partecitas de un corazón que solamente intenta brotar y palpitar como el dolor de la tierra o como la noble semilla cuando decide convertirse en una nueva vida. En esos campos, sobre heridas abiertas, hacen sinfonía los ríos caudalosos y los aquietados manantiales. Nuestra comunera posa la mirada siempre hacia adelante ofreciendo el corazón. Sí, cerquita de la nostalgia, vestida de estrella, entre pedregosos caminos, entre huellas dejadas por errantes nubes.

Ella va desmenuzando las fibras de su alma para que el rocío la arrulle por las mañanas y la despierte temprano deslizándose sobre sus mejillas, a pesar de que las brazadas de la vida dura van mellando su endeble cuerpo. Por eso, a ella, quizá no la conozcas, quizá no la hayas visto, pero está cerca de ti, vientos que soplan en silencio llevan también el dolor de su encorvado cuerpo.

Ella es tu hermana, tu hija, tu compañera o tu madre; en sus cabellos ha anidado el polvo de los caminos por donde tanto ha trajinado; sus manos extendidas muestran las palmas abiertas porque en ellas todavía crecen las deshilachadas hebras con las que seguirá enseñando a trenzar nidos de esperanza.

Ella es Sindulia, la inagotable madrugada fresca, la comunera de Lucanas, mi señora madre. Hace dos días cumplió años y siempre será una bendición abrazarla a pesar de las encallecidas y eclipsadas salidas del sol. Ella, quien desde hace muchas lunas sigue guiñándole sonrisas a las rosas de acero, para que esta vida sea llevadera. Porque “Para luchar contra esta vida dura / solo te ayuda la linda hoja de coca, / mamita linda, tus ojeras / son el orgullo de la Pachamama / Mamita, estás rezando por la tierra / hasta la luna se queda muda / ni habla de la lluvia y el sol / donde estarán tus sueños perdidos”.

En soledad, intento cantar este harawi, mientras unas lágrimas acompañan estos versos heridos donde riman el agradecimiento, el respeto y la admiración eternos, porque estos poemas se escriben para seres de otro orden, aunque los males de este artero mundo intentan extinguirlos. Disculpen que celebre su brillo, disculpen que celebre su vida, mi propia vida.