La cultura condena al éxito, la riqueza es un pecado, reír una blasfemia. Las voces que oyes gimen sus miedos. Lees las noticias y reafirmas como cuando lees Historia, la peste de 1348, la guerra de los cien años, los bandoleros de los caminos, las inquisiciones. La obediencia se asocia al miedo, a un cuco, un fantasma que merodea pasa juzgarte.
“La humildad es un atributo de los buenos hombres”, otra creencia absurda. “Elude el autobombo, no te ames. Mirarte en el espejo es vanidad”. El martirio tiene más estatuas que la victoria, admiramos más el sufrimiento. Creemos razonable que se sucedan guerras, pestes, miseria y oscuridad. Nos formamos en el pesimismo. “Lo que es, será”. “El mérito no es una virtud”. Nos dicen que merecemos el castigo y no la abundancia. Tan mal se ve el éxito, que el palo encebado fue un juego en el Perú, que ensalzaba la imposibilidad de llegar. El jolgorio del fracaso ajeno comulga bien con la envidia del éxito de aquel al que le llegó.

Se nos forma en creer mal y es imposible no creer y que esa creencia no nos construya. Existe, así, una creencia en la superficie, tu ideología, tu opinión; y una muy profunda que determina lo que somos, que nos apresa o empobrece. Un adolescente encerrado en la pandemia, como San Juan de la Cruz y la noche oscura del alma, solo verá las tinieblas, sin darse por enterado que la vida es flexible y cambiante, que las sombras de hoy no dejan ver ese momento de diez o veinte años después cuando será feliz, famoso, premiado, amado y exuberante de gracias como una fronda primaveral.

“Mi vida es una porcata”, dice el adolescente. Consolida una creencia que resta a la opción contraria. “La vida son altibajos, instantes buenos y malos”, dice el padre, crispado. Otro error. ¿Y por qué la vida no podría ser feliz siempre? “Los finales felices no existen”, dice una azorada madre, pero ¿por qué no? No reparan que las reglas que materializan la vida rigen en nuestra mente y en nuestras palabras. Nos forman para el pesimismo, salvo en las matemáticas, que son acríticas. Se dice que para lograr el éxito hay que trabajar. ¿En serio? ¿Y si te digo que no? Cyril Connolly decía que la gordura es una enfermedad mental, el fracaso lo es. Eres lo que crees. Tú eliges.