En apenas noventa días de temeridad e impericia, el presidente accidental Vizcarra ha terminado pulverizando tres décadas de sacrificio, pujanza y perseverancia del pueblo. Años que dieron paso a la más sólida, expansiva estabilidad económica que ha tenido el Perú. Tarea devastadora iniciada por Humala, hoy investigado por megacorrupción, la siguió el reo domiciliario Kuczynski, y acabó redondeándola este tal Vizcarra que, aparte de estar siendo investigado por corrupción (por su gestión como gobernador de Moquegua, pasando por el Ministerio de Transportes, desde donde metió con fórceps el aeropuerto Chinchero), acabará en la cárcel por delitos tan graves como causarle la muerte a decenas de miles de ciudadanos. ¿Razón? Entre otras, su imprudencia al conducir equivocadamente la lucha contra la pandemia. Por ejemplo, resistiéndose a adquirir y aplicar -obligatoriamente y desde el principio- las pruebas moleculares en lugar de imponernos las serológicas –adquiridas por cierto de ínfima calidad y a precio sobrevaluado- pese a que los especialistas le precisaron que eran inapropiadas para el trabajo de contener los contagios, y así evitar esta feroz explosión pandémica que hoy estremece al país.

No contento con lo anterior, en todo momento Vizcarra ha mantenido el atrevimiento de politizar el episodio Covid-19 usándolo como pretexto para suspender las garantías constitucionales en perjuicio de la vida democrática y declarar el toque de queda como instrumento para someter al pueblo. Es más, desde su primer día en palacio, Vizcarra se coludió con la prensa corrupta para desinformar al país y gobernar a base de susto a la población, sometiéndola a sicosociales. Como ocurrió el domingo último cuando, tras conocer las informaciones del extranjero que colocaban al Perú en quinto lugar de contagios –insinuando, además, que la pandemia se le había escapado de control- en vez de aclarar o explicar aquellos hechos, cual conejo de chistera sacó nuevamente al Congreso para plantearnos –inconstitucionalmente, reiterando su talante golpista- un referéndum sobre la inmunidad parlamentaria y la inclusión de procesados en las listas electorales, cuando la culpa de elegirlos es de quien vota por un corrupto; no de quien lo ubica en alguna lista. Incluso acusó al Legislativo de “dar la espalda al pueblo”. Pero la respuesta del Congreso no tardó.

En sesión extraordinaria realizada el último día de Legislatura Ordinaria, a medianoche del domingo el Parlamento eliminó la inmunidad no sólo para los parlamentarios, sino la hizo extensiva al presidente de la República y los ministros. Un jaque mate mutuo que desafortunadamente mella la gobernabilidad y consecuentemente ahondará mucho más la crisis económica y social que embarga al Perú. Como explica el siempre acertado hombre de leyes Enrique Ghersi, al insistir en pechar al Congreso “Vizcarra está erigiendo, en medio de la confusión, la estructura autoritaria de la concentración del poder en sus manos sin ningún tipo de contrapeso”.
Pero la criada le salió respondona. De un porrazo y por abrumadora mayoría, el Poder Legislativo desnudó al golpista Vizcarra quitándole la inmunidad y dejándolo expuesto a las consecuencias del desafuero, ultimátum que permanentemente utilizaba Vizcarra para chantajear a los congresistas.