El Perú llega al bicentenario en una situación crítica, que no tendrá un final feliz. Después de los desastrosos gobiernos de Martín Vizcarra y Francisco Sagasti, que han dejado la economía en ruinas y las instituciones copadas por una gavilla de izquierdistas y corruptos, vendrá uno todavía peor, integrado probablemente por gente aún más incompetente y deshonesta.
Curiosamente, el Perú ha pasado abruptamente de una etapa de bonanza económica excepcional, como nunca antes en los dos siglos de historia republicana, a una situación de desastre económico y político.
La teoría ampliamente aceptada a lo largo del siglo XX, de que la mejora de la economía conduce a un progresivo fortalecimiento de la democracia, ha quedado desmentida en el caso del Perú.
Es verdad que la pandemia del covid-19 impactó de manera brutal, pero con un Gobierno medianamente razonable y honesto, y una clase política sensata las cosas, sin duda, hubieran sido distintas.
Se requiere mucho más que un crecimiento económico y una ampliación de la clase media para consolidar la democracia, que ahora se tambalea en el Perú ante los embates de grupos comunistas que fueron derrotados cuando intentaron capturar el poder por la violencia y ahora lo han logrado, con fraude y manipulación, a través de las elecciones.
La derrota del terrorismo en el plano militar y policial no fue acompañada de una sostenida campaña en el campo de las ideas y la política, ni del fortalecimiento institucional.
Así, cuando los que fracasaron en el asalto al poder por la vía violenta cambiaron su estrategia y viraron hacia la captura del Estado a través de la penetración de las instituciones y la participación en elecciones, no hubo la previsión ni la capacidad necesaria para impedirlo.
Ahora ellos avanzarán hacia su objetivo declarado, instaurar una dictadura chavista, empezando por la instalación de una asamblea constituyente. Para eso posiblemente tratarán de anestesiar a la mayoría de ciudadanos que no concuerdan con ese propósito. Si lo hicieron en Cuba y Nicaragua donde habían derrocado a los gobiernos mediante las armas –con la complacencia y apoyo de los países democráticos-, con más razón necesitan hacerlo aquí, donde todavía no controlan a las Fuerzas Armadas y a la Policía Nacional.
Esas instituciones serán sus objetivos primordiales al principio. Hugo Chávez, que era militar y los conocía, sometió –con la ayuda de los cubanos- más o menos rápidamente a las instituciones castrenses.
Pedro Castillo y Vladimir Cerrón están buscando a alguien que los ayude en ese propósito. Ollanta Humala es uno de los que se ha ofrecido para esa sucia tarea. Su objetivo es, por supuesto, salir impune de las muchas acusaciones de corrupción de su gobierno.
En suma, llegamos al bicentenario con una economía colapsada, el país dividido, las instituciones devastadas. La tarea de los demócratas en el bicentenario será evitar que se consume la implantación de una dictadura chavista y luego levantar al Perú de los escombros.

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