Daniel Innerarity, director del Instituto de Gobernanza de la Universidad del País Vasco, ha publicado “Una teoría de la democracia compleja” (Galaxia Gutemberg, 2020). Para quienes pertenecemos al gremio de los que caminamos entre brumas, procurando comprender el entorno político, este libro ofrece una serie de claves conceptuales para situarse en medio de la complejidad social presente.

“Una teoría de la democracia compleja -anota Innerarity- puede constituir el marco conceptual más adecuado para articular exigencias que solo resultan contradictorias porque nuestra idea de democracia y nuestras prácticas de gobierno no se han abierto a la perspectiva de la complejidad (…). Podríamos afirmar que la diferencia entre una democracia compleja y una simplificada es que la primera trata de equilibrar –aun pagando el precio de la inestabilidad o la contradicción– valores, dimensiones y procedimientos diversos, en ocasiones difícilmente compatibles, mientras que la segunda entroniza uno de sus procedimientos –ya sea la voluntad instantánea del pueblo, las promesas de efectividad de los expertos o la estabilidad del orden lega– y desprecia todo lo demás”.

Hay buenos y malos gobernantes. También hay buenos y malos gobernados. Elegir bien, informarse adecuadamente, conocer las reglas del juego democrático, controlar al poder, etc., toma su tiempo. Para Innerarity no se trata de echar todo por la borda y empezar de fojas cero. El esfuerzo que se nos pide es saber articular la diversidad, el pluralismo de voces, de tal manera que encontremos fórmulas para caminar juntos, aunque cualquier punto de llegada tenga fecha de caducidad. En política, poco aportan los “iluminados”, más contribuyen los modestos arrieros que hacen camino al andar.

“En el ámbito de la filosofía política las acusaciones de elitismo hacia la mediación democrática -sostiene el autor- y la equiparación de desintermediación y democracia se han convertido en cómodas verdades dominantes. El “eje del mal” estaría formado por la tecnocracia, los expertos, la distancia, la representación, la deliberación, mientras que entre los “santos inocentes” se cuentan la participación, la transparencia y la voluntad popular. Estoy convencido de que la renovación del pensamiento democrático pasa hoy por rescatar a los “sospechosos habituales” de su precipitada condena, reformulándolos de manera que resulten democráticamente aceptables”.

Más democracia no quiere decir más Estado, sino más sociedad. Sabemos bastante de lo que nos pasa, no lo sabemos todo: la movilidad social y la información nos desbordan. Decidimos en medio de la contingencia para gestionar el futuro: ser o no ser, acertar o no acertar. Precisamente, “existe democracia -anota Innerarity- porque desconocemos lo que hay que hacer y hemos diseñado nuestras instituciones de manera que se aproveche mejor el saber de la sociedad. Conocedores de nuestra ignorancia, hemos aprendido al menos a desconfiar del conocimiento establecido y de la corrección de nuestras decisiones; por eso permitimos la crítica, la revisión y el contraste; por eso limitamos el tiempo y la validez de nuestras decisiones”.

Difícil tarea la de la gobernanza, pero no imposible. Tarea, eso sí, intergeneracional. Un país mejor para los que estamos y para los que han de llegar.

Francisco Bobadilla Rodríguez