¿La democracia cumplió su ciclo?

¿La democracia cumplió su ciclo?

Para cualquier ojo avisado existe una crisis sustancial en el sistema de gobierno representativo a nivel mundial. Pareciera que este hubiera cumplido su ciclo con la democracia con la que se apareja. Esto no debería llamar a sorpresa. Creer que los sistemas políticos son eternos y buenos en sí mismos es una utopía. Nuestro sistema ya lleva más de 200 años si tomamos en cuenta la Revolución americana y la francesa que le dieron origen. Antes el absolutismo monárquico tuvo su apogeo y fin cuando no logró superar sus contradicciones internas ni solucionar los problemas de la sociedad. Lo mismo sucedió con otros procesos y sistemas políticos que pasaron por la historia. Nada de esto es novedad. En su morfología de la historia de hace un siglo, Oswald Spengler ya lo había delineado. La obra de Spengler no es valiosa por sus predicciones fallidas de tiempo, sino porque es uno de los primeros en darse cuenta que los sistemas políticos nacen, crecen y mueren. En occidente muchos políticos y académicos creen o desean que ese sistema dure para siempre. Pero la descomposición está a ojos vista. La politización de la justicia y la judicialización de la política no son cosas solo del Perú. Son síntomas universales que ponen en tela de juicio todo el andamiaje del equilibrio de poderes y la justicia en la que se sustenta. En Estados Unidos, por ejemplo, jueces y fiscales ideologizados y politizados le hacen la vida imposible a Donald Trump para impedir su reelección que parece inminente ante un anciano senil y si liderazgo como Biden.

Dos estados lo han proscrito de diversas formas para participar en las elecciones primarias del partido republicano como en las elecciones de noviembre bajo el pretexto del asalto popular al capitolio el último día de su mandato. Mientras, Trump enfrenta una serie de demandas civiles y penales en varios estados, siendo el más empeñado en perseguirlo su propio estado de Nueva York. Allí, donde Trump es odiado política e ideológicamente, un jurado a instancias de una fiscal demócrata sentenciaron una indemnización millonaria por supuesto asalto sexual que Trump habría cometido contra una mujer en los años 70 del siglo XX. Sin testigos ni cámaras que no existían en la época, Trump fue condenado por el dicho de la mujer al que se encontró “verosímil”. No es su único juicio. Otro jurado lo condenó a pagar 800 millones de dólares por supuestamente falsear información de sus activos para obtener créditos a bajo interés. Y así por el estilo. Todo esto, claro está, a pocos meses de las elecciones de noviembre donde Trump encabeza las encuestas. Es cierto que el poder del presidente de los Estados Unidos es tan fuerte que puede indultar a cualquiera, inclusive a sí mismo. Pero el hecho de que se tenga que llegar a esos límites cuasi dictatoriales implica una grave erosión del sistema que también es el nuestro. Si un sistema no logra hacer justicia ni solucionar los problemas de la gente es claro que en algún momento colapsará porque ya no sirve para el fin para el que fue creado. Eso es lo que está pasando con la hoy vetusta democracia representativa. Otro mundo se acerca.

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