La democracia representativa que nos protege

La democracia representativa que nos protege

Contrariamente a lo que se cree, al ser humano no le resulta natural la libertad. Durante miles de años, la principal necesidad era la de garantizar la sobrevivencia de la tribu, a cualquier precio. Es la evolución de las relaciones económicas lo que genera la posibilidad de mejorar la calidad de vida, mediante el esfuerzo y la creatividad individual. La fragmentada comunidad política medieval compuesta por señoríos sustentados en la agricultura, cede ante la concentración del poder en monarquías absolutas, financiadas por el comercio. El Estado se fortalece porque los individuos y gremios se someten al poder absoluto a cambio de seguridad; recién a partir del siglo XVII, los intelectuales de las clases medias comienzan a plantear fórmulas doctrinarias para incorporar los conceptos de libertad individual y representación política al gobierno de la comunidad política.

No es casualidad entonces que el totalitarismo del siglo XX se empeñara en desvirtuar la democracia representativa. El fascismo promueve el reemplazo de los partidos políticos por delegados de los grupos sociales de acuerdo a su ocupación e intereses, esa “democracia funcional” se presume superior y moderna, pero fracasa una y otra vez, al ser evidente la facilidad con la que se somete al poder de turno. El socialismo reemplaza el pluralismo por el partido único, supuestamente capaz de intermediar todos los intereses de los trabajadores al mismo tiempo. Esas teorías ideológicas provocaron varias decenas de millones de muertes en guerras, hambrunas, genocidios y desplazamientos forzados.

El siglo XXI discurre con nuevos intentos del totalitarismo por concentrar poder. Pocos, pero sólidos grupos económicos internacionales dominan el accionariado de distintas actividades, con la tentación de diseñar un mundo diferente, convirtiendo a las personas y sus vidas en simples objetos de experimentación social. Así, podrían existir fondos de inversión que desearan ser socios del Instituto de Virología en Wuhan, accionistas de varios laboratorios productores de vacunas, financistas de campañas políticas y comités de la ONU, y dueños de las principales cadenas de noticias, medios de comunicación e incluso, plataformas de redes sociales, todo al mismo tiempo.

El último reducto de la libertad al servicio de la persona humana reside en la democracia representativa, que conserva la posibilidad de distribuir la capacidad de decidir sobre los más importantes asuntos de interés público, entre todos los individuos. Se entiende entonces el por qué de la intensa campaña por desacreditar a los partidos políticos en todo Occidente, por financiar a “académicos” que proclaman el fin de la representación política, y la “necesidad” de someternos, felices, obedientes y muy modernos, a los ingenieros sociales que diseñan el futuro de la Humanidad.

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