Es momento de analizar –con la perspectiva del tiempo y las consecuencias sufridas- la desgracia que significó para el Perú la llegada a la presidencia de la República de Pedro Pablo Kuczynski. Este exitoso hombre de negocios y negociaciones jamás tuvo pasta de político. Menos aún de estadista. Su error fue creer que hacer política implica acumular poder. Le quedó corto su paso por los gobiernos de Belaunde, como ministro de Energía, y de Toledo, como premier y como ministro de Economía. Su ego lo llevó a aspirar a la presidencia del país. ¡Erró estrepitosamente! Se rodeó de una camarilla de caviares –traidores por antonomasia- cuya figura descollante fue la del prepotente operador político Gino Costa, sujeto con raíces marxistas cuya meta consiste única y exclusivamente en eliminar al Apra y al fujimorismo. Como aspiran a hacerlo todos los que integran la izquierda, por sed de venganza porque la derecha derrotó al mrta y a sendero, brazos armados del socialismo local que abarca a toda la zurda. La consigna de sus asociados comunistas obligaría a PPK a enfrentase nada menos que al 74% de peruanos –la derecha- que votaran por él y Keiko. Recordemos que a esta última PPK la apoyó incondicionalmente en los comicios de 2011. PPK renegó de su electorado, sometiéndose a los rojos creyendo ilusamente que serían su barricada ante cualquier proceso judicial, por la carga negativa que arrastraba de sus andanzas con Odebrecht. Pero su falta de perspectiva política le hizo soslayar que esa izquierda sanisidrina es traidora por excelencia. Peor todavía.

La ignorancia política de Kuczynski lo llevaría a seleccionar a un felón, mitómano –además, ahora investigado por corrupción- como su vicepresidente. Renuncia PPK y asume la presidencia el traidor Vizcarra, quien aparte de sus lacras morales es un inepto de olimpiada. Desgobernó el Perú como el peor de los mandatarios que registran dos siglos de historia. Dio un golpe de Estado cerrando el Congreso. Hizo elegir otro, infinitamente inferior. Como presidente mintió 24 horas diarias durante 962 días. Consecuencia criminal de su mitomanía es el fallecimiento de varios miles peruanos víctimas de su irresponsable gestión de la pandemia. Igual carga con otras dos muertes. Esos jóvenes envenenados por él y por la prensa canalla que todavía le apoya –esperanzada en su postulación al Congreso- con esa arenga mendaz del “golpe de Estado”, que esparció la noche de aquel fatídico 9 de noviembre cuando el Congreso lo vacó. Así, sanguinariamente Vizcarra derrocaba al presidente Merino nombrado constitucionalmente -TC dixit- por el Parlamento. Además su argolla progre-marxista transó con el comunismo para repartirse el poder:

Ejecutivo para un caviar socialconfuso y Legislativo para una comunista. Hoy gobierna el país la escoria izquierdista que en 2016 resultó barrida en las urnas por el 74% de los peruanos que votó contra ella. Una izquierda que en un mes ha destruido la estructura policial y está por acabar con la institucionalidad militar, como parte de su estrategia ideologizada.