No es el asalto al Capitolio de los Estados Unidos el hecho que ha puesto en peligro y jaque a la democracia norteamericana basada en los pesos y contrapesos del poder. Finalmente, el Capitolio no es más que un edificio que fue invadido por un pueblo que protestaba por lo que creían se había cometido en las elecciones de noviembre: un inmenso fraude contra Donald Trump. Así por lo menos siempre lo creyó Trump quien alentó esta opinión compartida por millones de sus votantes y cuyo corolario se salió de control cuando la protesta se trastocó en violenta y se invadió el precinto del Capitolio con un saldo de cinco muertos entre policías y civiles. En ese momento se llevaba a cabo la designación por el Congreso del presidente electo por el colegio electoral, pero según la Constitución la última palabra la tenía el Congreso y fue por eso, para presionarlo, que se efectuó la marcha alentada por el presidente. Que la protesta se haya salido de control como se salieron las de Lives Blacks Matter no es responsabilidad de Trump, sino de las fuerzas del orden que no lograron imponerlo, quizás porque ya estaban hartas de que cada vez que lo hicieron terminaron con sendos juicios penales de abuso policial y destitución. Así que algunos confraternizaron con el pueblo y otros soplaron la pluma mientras los politicastros profesionales salían huyendo del recinto dejando todo a su paso. En perspectiva, cuando se restauró el orden público y la sesión continuó, Joe Biden se convirtió para todos los efectos legales en el presidente electo de los Estados Unidos y la función terminó. Un incidente lamentable en la larga historia de la democracia americana. Lo que no es ni por asomo un incidente, sino un parteaguas que deslegitima la democracia y las libertades públicas norteamericanas, convirtiéndolas en una parodia de satrapía, es la asunción, gracias al incidente del Capitolio, de los grandes magnates de Silicon Valley tomando las riendas del poder en los Estados Unidos.

Si George Orwell hubiera imaginado cómo sería el Gran Hermano de su novela premonitoria sin duda sería algo parecido al oligopolio de las industrias tecnológicas que han demostrado no solo que pueden poner de rodillas al poder político de los Estados Unidos, y con esto a cualquiera en el mundo occidental. Google a través de sus servidores; Apple con sus stores; Facebook, Twitter, Instagram, YouTube como redes sociales y plataformas, todos en comandita han decidido reemplazar a la Corte Suprema de los Estados Unidos y decidir por sí y ante sí qué cosa es delito o incitación al delito y qué no. En ese poder incontrolado, estos gigantes bloquearon no solo la cuenta del presidente de los Estados Unidos dejándolo sin derecho a la palabra, la opinión y la expresión, sino que además desenchufaron a millones de norteamericanos y a cualquier empresa de servicios de comunicación por red alternativa como Parler, a la que le dieron un ultimátum para que censurara lo que los gigantes considerasen pertinente.

Esa es la verdadera afrenta a la libertad, la Constitución y la democracia norteamericanas. Desde ese momento, ya no existe libertad de expresión en Estados Unidos, pues su contenido lo deciden unos cuantos ricachones progresistas desde Sillicon Valley. Por lo general, cuando esto acontecía en la historia de los Estados Unidos, es decir, cuando los ricos de cualquier pelaje pretendían hacerse con el poder y subyugar a los políticos, siempre ganaban los políticos con todo el peso del Estado Federal. Lo hizo Theodore Roosevelt cuando rompió el monopolio del petróleo de Rockefeller dividiendo la Standard Oil con una ley antimonopolio. Pero hoy, con los políticos progresistas de furgón de cola de Bill Gates, Mark Zuckenberg, Tim Cook y otros cuantos otros más, los que mandan en América y el mundo occidental son el Frankestein del Gran Hermano, que no solo te vigila, sino que te enchufa y desenchufa a su antojo.