Es ya consenso en las organizaciones y asociaciones internacionales de salud pública y mental que la soledad es la epidemia del siglo XXI. Datos demográficos comparados, estudios sociológicos y el balance de las atenciones psiquiátricas y psicológicas, muy especialmente en la vejez, sostienen esta afirmación.

Por cierto, hablamos de la soledad no deseada, no de aquella elegida libremente por quien la sobrelleva. La muerte es la soledad por antonomasia. “Nuestra vida -dice Octavio Paz- es un constante aprendizaje de la muerte.” Por ello también recalca: “dime cómo mueres y te diré quién eres.”

Sea lo que fuere y pase en donde pase, en el instante después de morir, estamos irremisiblemente solos. Ya no miramos el mundo sino la nada, el vacío, Dios, qué sé yo. Atrás quedaron las máscaras a las que se refería Balzac en su epígrafe de La Comedia Humana: “No rostros, sino máscaras”. Sólo la soledad y el infinito. Sólo nosotros o lo que queda de nosotros o lo que, siendo algo, ya no somos nosotros.

En su Elogio de la Sombra, Borges escribe: “La vejez (tal es el nombre que otros le dan) / puede ser el tiempo de nuestra dicha/ el animal ha muerto o casi ha muerto/ Quedan el hombre y el alma.” Eso, creo, que es básicamente la soledad: nuestro encuentro diario, permanente con el alma. Y eso no es fácil, porque el alma atesora lo más íntimo de nuestra historia, lo más recóndito, lo luminoso que acaso nadie vio, lo lúgubre y oscuro que únicamente nosotros vimos y sabemos.

En el trajín de los días, estamos así varias veces pero cuando la sombra nos va a copar, abrimos la cortina y vemos el rostro que nos colma con su compañía, la ilusión que se comparte y, por lo tanto, se vive. La soledad nos aísla y es triste cuando nuestras facultades menguan y quienes nos acompañaron, por la ley de la especie se deben ir. Esta realidad es particularmente dura en hombres y mujeres que viven solos, permanentemente al hilo de la necesidad no cubierta, de la emergencia sin nadie que la pueda enfrentar.

De allí el auge que hayan tomado los asilos y residencias geriátricas para paliar esta soledad y sus consecuencias. La compañía en la vejez cobra un especial significado. Ese alguien que nos puede traer una taza de café, nos trae, en realidad, mucho más: una presencia.

La epidemia del siglo XXI plantea singulares desafíos. No están resueltos hoy y dudo que lo estén mañana; al contrario creo que aumentarán con la población y el sinsentido de muchas cosas que se respira cada día. ¿Se trata de una visión pesimista? Seguramente, pero ni la tecnología ni el desarrollo ayudarán a resolver el problema. En las tribus milenarias no existía la soledad y las vidas de sus miembros eran una responsabilidad común.

En la medida que crecimos nos fuimos adentrando en la soledad que es la ausencia del otro como prójimo. ¿Acaso hemos vencido las inclemencias de nuestra condición y los traumas de la psique? Pero hemos triunfado en muchas áreas en las que logramos imponer nuestra voluntad: esto quisimos, esto tenemos… pero ¿es suficiente? En la soledad de cada uno, joven o viejo, está la respuesta.

[email protected]

Mira más contenidos siguiéndonos en FacebookTwitter Instagram, y únete a nuestro grupo de Telegram para recibir las noticias del momento.