Releer una novela permite encontrar otra novela, una que no hemos leído la primera vez. En el apartado 28 de Rayuela –la inmortal novela de Julio Cortázar–, Etienne, un personaje que aparece en medio de un diálogo, reflexiona sobre un aspecto que me ha parecido muy interesante: “No es que haya que intentar vivir, puesto que la vida nos es fatalmente dada. Hace rato que mucha gente sospecha que la vida y los seres vivientes son dos cosas aparte. La vida se vive a sí misma, nos guste o no. […]. Probablemente de todos nuestros sentimientos el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza. La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose”.

Es cierto. Es sumamente probable que alguna vez hayamos pensado en la posibilidad de volver a nacer y volver a hacer todo de nuevo. Es una posibilidad que nos tienta siempre, sobre todo porque siempre aparece la sensación de querer corregir los errores, enmendarlos y superarlos. Y es que la vida es una tentación permanente que nos motiva a rehacerla, nos mira, nos reta, nos apura, y por eso es necesario reconstruirla y hacer de ella una nueva forma de mirar y de mirarnos en el espejo. Por otro lado, es cierto también, como dice Etienne, que la vida nos es dada fatalmente, y por eso tenemos que luchar por sobrellevarla. Existe un ingrediente de lo trágico en toda esa forma de mirar la vida. Por ello, la esperanza, que es ajena a nosotros, aparece como una manera de reconstruir el vivir, al menos, de forma menos trágica.

Como muchos, seguramente, nunca podemos volver a leer Rayuela de la misma manera. Es más, nunca podemos releer un libro de Cortázar –o de cualquier otro autor– con los mismos ojos, y esa, definitivamente, es también es otra forma de volver a rehacer esa vida que nos es dada de manera imperativa, pero que tenemos la posibilidad de cambiar el rumbo. La literatura en gran medida sirve para eso, para mirar desde otro ángulo la vida, la esperanza misma luchando contra todo lo que es dado y contra todo lo que nos es quitado a la fuerza o de la manera más sutil posible. Son posibilidades, finalmente, pero, a la vez, son oportunidades de ir más allá de lo concreto. Después de todo, como se afirma en Rayuela, somos eso: un pedazo de esperanza de la vida misma defendiéndose.