Después de 20 años de haber padecido la vergüenza mundial por los vladivideos, el Gobierno de turno recibe un golpe de gran magnitud con la difusión pública de los AudioSwing, que socava los cimientos de la investidura presidencial y, a pesar de las disculpas del señor Vizcarra, viene siendo vapuleada y humillada en lo más profundo de su esencia.

Dos son los componentes más importantes para un político o gobernante que ejerce liderazgo: confianza y credibilidad. Lamentablemente, luego del shock de audios del fin de semana, estas características serán lo último que definan al presidente Vizcarra. Esa debilidad presidencial puesta al descubierto con este vergonzoso lío de faldas, de celos o de cuotas de poder minúsculo, es la que alimentó el apetito asesino y desmedido que demostraron sus adversarios ante la posibilidad de hacer realidad la captura del poder.

Aquellos que habitan la orilla del Legislativo lograron cercarlo y ponerlo contra la pared, al punto de aprobar el inicio de un proceso de vacancia por incapacidad moral permanente. Afortunadamente, la torpeza de sus operadores bajó los decibeles de la contienda. Como todos sabemos, la mentira -salvo que sea premeditada y bajo juramento- y la insensatez no son causales para sostener este mediocre intento de despojar del Poder Ejecutivo a quien lo ejerce por mandato y elección popular, moleste a quien le moleste.

Sobra decir que este golpe representa una estocada final a la investidura presidencial como la conocemos. Los siete meses que le quedarán a Martín Vizcarra en el gobierno, si la vacancia se desinfla y no despega (como parece que sucederá), serán los de un muerto viviente que terminará su mandato pidiendo oxígeno político a gritos.

Utilizar la pandemia como distractor psicosocial o evadir la realidad no lograrán contener los embates que continuarán ejerciendo los distintos intereses que representan las fuerzas políticas en el Congreso y fuera de él sobre ese botín llamado Estado, considerando que la batalla electoral está en marcha.

Una vez más, los peruanos tendremos que pensar a qué bando (¿o banda?) le entregaremos el futuro de nuestros hijos. En este momento el pesimismo más escalofriante se apodera de mí. Me siento maniatado ante una situación extrema, que solo consigue alimentar el cuadro psicopático y autodestructivo que hoy caracteriza a nuestra élite política.

El problema es que nuestra historia está plagada de escenas similares, donde la incapacidad mental de nuestros líderes termina creando personajes que se convierten en sus propios verdugos.
¡Pobre mi Perú! ¿Qué hemos hecho para merecer esto?