Una escena de antología de los tantos episodios de El coyote y el correcaminos, popular serie de dibujos animados de antaño, es aquella en la que el coyote, tras ser encerrado en un calabozo por el correcaminos, aparece entre rejas con los ojos desorbitados y enrojecidos. Con seguridad, la escena debe haber arrancado sonrisas a muchos televidentes.

Pero es casi seguro que muy pocos de estos se habrán compadecido del desdichado coyote, que siempre caía en sus propias trampas, por cierto, marca “acme”. La percepción que genera esta imagen en el inconsciente colectivo es conocida: “se está haciendo justicia”. Y es que pareciera que siempre nos identificamos con “el bueno” y despreciamos el comportamiento de “el malo”, como si existiera una frontera inequívoca y bien definida entre uno y otro.

En los últimos días, las portadas de algunos diarios locales nos mostraron copiosas imágenes de personas luciendo el cartel con la palabra “detenido”, que estaba impresa con letras de gran formato y colores llamativos. Claramente realizadas con el propósito que se advirtiera tal rotulación. Ensayamos dos posibles respuestas a la intención que se buscaba con este tipo de publicaciones: 1) La voluntad de resaltar que se está haciendo justicia; o 2) La voluntad de resaltar que se está haciendo el trabajo que se encomendó a los operadores de nuestro sistema penal. Las imágenes de estas portadas bien pueden significar nada para muchos, pero para un número menor sí podrían configurar denigración y afectación moral a las personas afectadas por las medidas penales y a sus familias o dejar lecciones colectivas para ejemplificar lo que significa infringir la ley. Si el sistema penal de nuestro país fuera eficaz, posiblemente no se tendrían tantos detenidos sin condena y tantas víctimas esperando una reparación.

Dentro de la razonabilidad y proporcionalidad que impone el derecho, que proclama como valor y fin fundamental el respeto a la dignidad humana y cuya cordura punitiva está justamente dada por el respeto a los derechos fundamentales aún de aquellos que hayan delinquido, no hay forma alguna de justificar estas publicaciones. No es tema de debate si las personas merecen o no la medida penal adoptada, sino de la forma como son tratadas por la prensa escrita: ocupando portadas que las condenan anticipadamente como si su presunción de inocencia no valiera nada. Sin embargo, parece que nos estamos acostumbrando a estas prácticas reprochables. La irracional actuación de la autoridad y el espectáculo del “dolor” y la “humillación” de los protagonistas en las primeras planas parece hoy un buen negocio.

En los tiempos actuales, la imagen caricaturesca del coyote encarcelado (“el malo”) y el correcaminos triunfante (“el bueno”) se han vuelto, lamentablemente, reales en nuestro medio. O tal vez somos nosotros los que nos estamos desdibujando para ser parte de estas historias animadas cuando actuamos “sin alma” y “sin conciencia” olvidando principios fundamentales que le han costado siglos de lucha a la humanidad.