La izquierda marxista participó en las elecciones de 1978 para la Asamblea Constituyente con la declarada intención de boicotear el proceso hacia la democracia; era una oportunidad para difundir su ideología, agudizar las contradicciones, preparar las condiciones para la lucha armada. Así transcurrió la campaña electoral, con el grito “el poder nace del fusil” y la amenaza de iniciar la revolución. Una vez en el hemiciclo, propiciaron el enfrentamiento con los militares; afortunadamente existía una clase política preparada, el acuerdo entre apristas y pepecistas evitó la deseada crisis y permitió la aprobación de la Constitución de 1979, la que no fue firmada por la izquierda radical, frustrada y derrotada por la consolidación de la democracia.

A partir de 1980, Sendero Luminoso va a seducir a miles de jóvenes cuadros de otras agrupaciones, como Edith Lagos de Vanguardia Revolucionaria (UDP), la misma que después de cursar el primer año de Derecho USMP en mi aula, se alistó en su Ayacucho natal. La mayoría de dirigentes marxistas prefirieron declarar que no existían las condiciones “objetivas y subjetivas” y, parapetados en las universidades públicas y en panfletos como el “Diario de Marka”, apoyaron estratégicamente la lucha cada vez que la policía apresaba a sospechosos de terrorismo como Abimael Guzmán o Julio Cesar Mezzich, repitiendo además que la causa de la violencia era la injusticia estructural cuando fueron decisiones racionales las que los ubicaron, ya sea en el ajusticiamiento de campesinos, o en los organismos de apoyo logístico o político.

La caída de Abimael Guzmán y el anuncio de su rendición frustró a la izquierda marxista tanto como la recuperación militar de la residencia del embajador del Japón, pues esperaban participar en las negociaciones para lograr una “paz” a la colombiana, sometiendo al Estado y a la sociedad para imponer su presencia en las instituciones, sin los votos necesarios. Claro, es que la violencia para los totalitarios, sean fascistas o comunistas, es un instrumento legítimo para alcanzar sus objetivos superiores. Ambas derrotas los condujeron a un cambio de estrategia, la misma que desarrollan con éxito desde el gobierno provisional de Paniagua: desacreditar la democracia representativa aprobando reglas electorales perversas, tanto para debilitar la identidad entre representados y elegidos, como para evitar que personas de calidad ingresen a la política; dominar la educación pública y privada para difundir su ideología y bloquear la devoción religiosa; y por supuesto, destruir a los políticos y periodistas, jueces y fiscales, académicos y empresarios, que se resistan a someterse al ejercicio oculto y antidemocrático del poder.