No hace falta cambiar la Constitución porque la falla no está ahí. La falla está en la mala regulacion del mercado por el Estado. Es decir, en la falta de competencia en un mercado libre. Corregir esa falla es cuestión de reglas claras y simples. No es una falla constitucional.

El mercado es la mayor fuente de energía de la economía. Como toda fuente de energía, necesita un arnés para ser útil. Ese arnés es un marco regulatorio para la libre competencia en el mercado.

Las reglas deben ser vigiladas y ajustadas constantemente por un regulador. No necesariamente uno para cada sector de la economia. No necesariamente debe hallarse en el Estado. Eso es solo lo que hemos hecho hasta la fecha y acá puede estar el origen del problema.

Si Adam Smith habló en la Teoría de los Sentimientos Morales de una mano invisible que por sí misma asigna eficientemente los recursos, es porque daba por sentado la existencia de una economía libre en la teoría. En los hechos, describió en La Riqueza de las Naciones la realidad: las economías de su época se hallaban trabadas por el Estado, bajo la trampa que llamó el “sistema mercantil”.

Ocurre cuando el poder político está al servicio del interés privado. Hoy le llamamos “mercantilismo” cuando ese interés es económico privado o no. Le llamamos “populismo” cuando es demagógico. Le llamamos “informal” cuando una formalidad fallida sirve para excluir a la inmensa mayoría. Pero todas esas formas son esencialmente una y la misma cosa.

Es la falla en la regulación del mercado lo que hace posible también el oligopolio público-privado. Consiste en la complicidad del Estado en una concentración empresarial en áreas principales de la economia: la energía y las finanzas especialmente.

Y es el abuso de la posición de dominio de esos oligopolios lo que causa el creciente malestar del público contra las grandes empresas. Ese el fermento inflamable y el caldo de cultivo de la violencia azuzada por el interés político en las calles de Santiago, de Buenos Aires o de Lima.

Se alimenta de la confusión interesada en hacer creer que la falla es intrínseca al capitalismo como tal, cuando no es sino una falla en el arnés regulatorio.

Para corregirla hacen falta cambios pequeños que no requieren echar al trasto la Constitución entera, que ha traído 30 años de crecimiento y la drástica reducción de la pobreza en el Perú.

El cambio de la Constitución es, más bien, la trampa.