Ciudadanos de avanzada edad dieron una hermosa demostración de civismo al acudir a votar masivamente el domingo seis de junio. Lo hicieron en muletas, sillas de ruedas, andadores, camillas y algunos con balones de oxígeno. Se movilizaron con esfuerzo y riesgo para su salud, con prestancia juvenil, para defender la democracia, la libertad, el estado constitucional de derecho, y dejarnos, así, un legado de responsabilidad y patriotismo.
Un comportamiento, sin duda, ejemplar, porque su larga trayectoria de vida les ha permitido conocer que el comunismo solo trae miseria, desempleo, sojuzgamiento humillante de seres humanos, un tortuoso camino de oscuridad del que es muy difícil salir, como demuestran los dramáticos casos de Cuba, Venezuela y Nicaragua, países gobernados totalitariamente y admirados por los líderes de Perú Libre.
No menos emocionante fue ver a miles de jóvenes marchando pacíficamente por las calles de Lima, bandera peruana en mano, voces fuertes entonando el Himno Nacional y reclamando al Jurado Nacional de Elecciones (JNE) resolver miles de actas observadas, especialmente en el sur, donde el candidato del lápiz registra 100 % de sufragios, figuran muertos como personeros o votantes y cédulas invalidadas porque supuestamente eran ilegibles; jóvenes, en suma, que constituyen la generación de vanguardia del bicentenario, que garantizan que siempre lucharán por la libertad con justicia social.
En contraste, en el lado oscuro de esta historia, miles de votantes –especialmente de San Isidro, Miraflores, Surco o La Molina– prefirieron quedarse en sus casas o vacacionando plácidamente en el exterior. Incapaces de utilizar el sufragio como arma política, en su mayoría son los mismos que se ocultan en campañas electorales, que no opinan ni comprometen, esperando agazapados y temerosos los resultados para después ver cómo acomodarse con el vencedor. Claro que hay excepciones en quienes no sufragaron por consideraciones justificadas, pero lamentablemente son los menos.
En este contexto, ya percibimos las primeras brisas bolivarianas, para utilizar palabras del dictador Maduro. Por lo pronto, un degradado juez de Huancavelica –región donde Perú Libre obtuvo 85% de votos y existe elevada cantidad de actas adulteradas– anuló dos sentencias penales contra Vladimir Cerrón, jefe político de Pedro Castillo, mientras el fiscal José D. Pérez reapareció muy orondo para pedir una torva prisión preventiva contra la candidata Keiko Fujimori. Y, del exterior, sin esperar resultados oficiales, como una manera torpe y truculenta de presionar al JNE, el presidente argentino Alberto Fernández saludó a Castillo como mandatario electo, siguiendo la línea de intromisión de Evo Morales, ambos activistas del Foro de Sao Paulo y sometidos políticamente a los regímenes de Caracas y La Habana.
Transparencia, por su parte, exhibió su conocido sesgo político, su absoluto alineamiento hacia las izquierdas. El mismo día de los comicios, en efecto, el vocero, Iván Lanegra señaló, según la agencia estatal Andina, “que no solo la asociación de la que es parte ha destacado la limpieza y corrección de los comicios, sino también las misiones internacionales de observadores electorales”, lo que no es verdad, porque esas misiones no se han pronunciado hasta el momento. Luego dijo que es el proceso “no amerita ninguna observación seria”, para concluir con la farsa de que los documentos cuestionados no llegan ni siquiera a 500, cuando sabemos que son por los menos 200 mil votos en discusión.
Estamos en el tramo final de un proceso electoral donde se juega el futuro del Perú y solo esperamos que el presidente del JNE conceda el tiempo necesario para verificar el resultado de los comicios y después de ello proclamar al ganador, tal como han solicitado 17 ex efes de Estado.

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