El terrorista Abimael Guzmán, culpable de la muerte de más de 32 mil peruanos, dejó de existir el último sábado en la Base Naval del Callao. Y, a pesar de que la desaparición del genocida provoca cierto alivio, no hay motivo alguno para celebrar. Así los restos del cabecilla de Sendero Luminoso terminen en algún basural, como recomendó Marco Miyashiro, sus ideas sangrientas permanecen vivas y pululan en el Gobierno. Son palpables, pues, los nauseabundos vínculos terroristas de Guido Bellido, Iber Maraví, Anahí Durand, Guillermo Bermejo y otros congresistas-profesores de Perú Libre, que vienen de las canteras del Conare-Movadef. La lista es larguísima e incluye también al mismo presidente Pedro Castillo, quien lideró la huelga de docentes de la facción senderoide del magisterio. Es por ello que no ha habido ningún mensaje a la Nación tras la extinción de Guzmán. Solo hemos leído algunos fríos tuits escritos seguramente por community managers, porque la mayoría de los funcionarios de este Gobierno comunista necesitan volver con urgencia a las aulas. ¡A ver si así se les caen las orejas de burro! En estas publicaciones se habla, por supuesto, de que también hubo “terrorismo de Estado” y que el terror fue producto de la “desigualdad”. Son falsas justificaciones para que el “líder” no parezca tan malo.
Y de esto se han encargado los zurdos de todos los pelajes durante los últimos años, al comparar al expresidente Alberto Fujimori con el terrorista Abimael Guzmán. Nadie con sesos puede negar que Fujimori es un corrupto, pero de ninguna manera es un asesino. Al exmandatario lo sentenciaron por las matanzas de Barrios Altos y La Cantuta (la decisión de disparar fue de Santiago Martín Rivas, quien había estado bebiendo licor) porque, al ser jefe de Estado, necesariamente tenía que saber de ambas operaciones en las que murieron civiles y terroristas. Lo paradójico es que los mismos que exponen esta hipótesis aducen que Alberto Fujimori no tuvo nada que ver en la captura de Guzmán, pese al apoyo político brindado al GEIN.
Infortunadamente, esta narrativa -la misma que llama conflicto armado interno al terrorismo- ha vencido en las escuelas y universidades, por lo que la generación de equivocados odia a Fujimori y no al cabecilla senderista, cuyo rostro ni siquiera reconocen. Ahí está la explicación de por qué ganó Pedro Castillo en la segunda vuelta electoral. Cada pueblo (ignorante en el caso peruano) tiene a los gobernantes que merece. Las siguientes generaciones deben conocer la verdadera historia y no la versión edulcorada progresista. Esa es la difícil tarea pendiente que hay que cumplir en nombre de los caídos por el terror.

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