El asalto al Capitolio de los Estados Unidos es repudiable. Sorprende sin embargo que quienes, aquí, azuzaron y aplaudieron las violentas protestas por la vacancia del pillo Martín Vizcarra estén tan escandalizados por lo ocurrido en Washington, como si nuestro Congreso y sus decisiones no merecieran respeto. Señalaron sin pruebas a nuestra Policía por las muertes de Inti y Bryan en las manifestaciones limeñas, pero enmudecen ante el disparo que se cobró la vida de la veterana del Ejército, Ashlee Babbit. Eso está grabado y se ve al agente de seguridad del Capitolio disparándole al cuello. Nadie le reclamará ni acusará por cumplir con defender la sede del Congreso, porque la turba por más razón que crea tener no puede desconocer la autoridad, la ley ni el orden. Probablemente si la asesinada fuera una progre, la reacción sería otra, especialmente en lo que a cobertura de prensa se refiere, pero no cambiaría el devenir de las cosas ni la historia de los próximos años de la democracia más fuerte, larga y admirable del planeta.

De hecho, en 2018 centenares de progres irrumpieron la audiencia de confirmación del senador del Partido Republicano, Brett Kavanaugh, nominado por Trump para el cargo de Juez Supremo. Un grupo de mujeres apareció con el vestuario puritano de las protagonistas de la novela (hoy miniserie de Amazon) “The Handmaid’s tale” (El Cuento de la Criada), de la izquierdista canadiense Margaret Atwood. Más de setenta personas fueron detenidas dentro del Capitolio y los medios consideraron aquella irrupción como una fiesta feminista contra un juez ultraconservador, pero la designación se dio.

Estas deben haber sido las elecciones más turbulentas de los Estados Unidos del siglo XX y lo que va del XXI. Trump no acepta la victoria de Biden, pero ya anunció una transición pacífica y ordenada. La gran nación del norte seguirá funcionando, avanzando y perfeccionando su sistema democrático. Ahora, el éxito del ya proclamado presidente Joe Biden, católico practicante y cercano al Papa Francisco, dependerá de su capacidad de maniobrar en aguas partidas. Trump con su feroz personalidad es más que un republicano y puede que haya creado, sin querer, el tercer gran partido gringo, el de los patriotas. Hoy millones de norteamericanos ya no se sienten representados por el establishment republicano y menos aún por el demócrata. Son más de 75 millones de votantes que están seguros que las elecciones estuvieron amañadas aunque no puedan probarlo más allá de toda duda.

Biden es un político de carrera, ha pasado más de cuatro décadas en el Congreso y fue vicepresidente de Barack Hussein Obama II. Trump es un empresario visionario, exitoso y profundamente anticomunista. Biden no podrá desandar mucho del camino trazado por el derrotado porque millones de patriotas estarán vigilantes. Estados Unidos seguirá siendo un faro de libertad, como ejemplo para el resto del planeta.