La gran revelación

La gran revelación

Veía a una niña llorar de emoción en una misa en latín donde la lengua no era obstáculo para sentir. Eran los cantos gregorianos, el sagrado ritmo del latín y el altar como centro de las miradas, incluyendo la del sacerdote. Recordé de pronto la experiencia de un vate. El poeta Antonio Cisneros camina una noche por una calle de Budapest y entre los cánticos celestiales de una misa en un templo y el bar enfrente, elige la misa. La elección sería central para su vida y su poesía. Habrá de escribir un tiempo después: “El sacerdote lleva el verde de Adviento y un micrófono/ Ignoro su lenguaje como ignoro/ el siglo en que fundaron este templo/ Pero sé que el Señor está en su boca”. La barrera lingüística puede quebrar el entendimiento, pero la divinidad no se percibe desde la boca del mediador. La alusión al pentecostés en Cisneros sobresalta y también el sobrecogimiento y arrobamiento que describe.

Proscribir las misas en latín puede ser una novedad, antes era una opción, pero para quien desea la experiencia mística y reveladora es una pérdida. Desde el Concilio Vaticano II la opción primaria fue la misa en el idioma del país en la que se hace, porque la misa debe ser entendida literalmente y mal que el sacerdote le dé la espalda al público. Error de interpretación de lo que eran las misas antiguas. El sacerdote no daba la espalda, se dirigía al cáliz y lideraba esa mirada a Dios.

Hoy da la espalda al altar para dirigirse a la gente, cuando no es la gente el eje sino Dios, como debería ser en toda teología (ya saben). En fin, quizás sea una cháchara que pocos comprendan y más en un tiempo de indiferencia. El mundo ha perdido el misticismo y ha convertido la religión en moral. Es un error porque la moral suele ser confrontada por una nueva moral. Desaparecida la lengua sacra y universal (con su misticismo) y llevados hacia una visión antropocéntrica de la fe (tanto que hay corrientes que parecen más cerca de Marx que de Dios), el mundo se pierde en un viento ardiente de incredulidad. Cuando la Iglesia parece destinada a una alianza ecuménica con musulmanes y judíos en la que Cristo tiene poco o nada que ver, poco queda que decir. Irónicamente relevante que lo diga en un artículo un abogado y no un sacerdote.

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