Hay quienes someten el caso Swing a un análisis restrictivo, presentándolo más o menos así: “¿Cómo es posible tanta bulla y una aparatosa movilización judicial por la contratación en el Estado de un sujeto estrafalario? ¿Acaso su inmerecido privilegio justifica 10 personas con detención preliminar? ¿No era la vía administrativa la más adecuada para zanjar un episodio de poca monta?”

En esta hipótesis confluyen muchas personas de buena fe y waripoleras oficialistas. Claro, relativizar el hecho quita valor a las consecuencias. Sin embargo, a las personas de buena fe cabe invitarlas a ensanchar la perspectiva pues Richard Cisneros no es el tema de fondo. Es un pobre diablo favorecido por el presidente Martín Vizcarra con un estipendio público, una sinecura, la mano generosa del hombre más poderoso del Perú extendida a un ganapán.

Lo neurálgico es cómo un asunto efectivamente tan nimio puso a prueba los límites morales y legales del primer mandatario, trasladándolo a la esfera de dilucidar cuánto de su poder le permitía aplastarlos. Y todo indica que así fue, que optó por la estrategia del encubrimiento, activar a los allegados, borrar las huellas, alinear testimonios, buscar aliados en la abogacía y el Ministerio Público, validar la cadena de mando burocrática para que los de abajo no contradigan… y un largo etcétera de repudiable entraña criminal.

Bastante cantarán varios de los comprometidos que, en verdad, no merecen el espectáculo ya consuetudinario de las detenciones preliminares o preventivas, las cuales se zurran en lo determinado por el pleno casatorio presidido por el supremo César San Martín y una resolución de la CIDH. Políticamente, lo que cabe es proyectar cómo habrá de diluirse el respaldo ciudadano a Vizcarra entre las rendijas de un proceso electoral en marcha que no lo tiene como protagonista.

La herencia electoral del moqueguano es algo que, a la fecha y de manera ostensible, le quitaba el sueño a dos presidenciables: Daniel Urresti y Julio Guzmán. El primero mostró hasta hace un tiempo una adhesión casi palaciega a Vizcarra, sobre todo en los inicios de la pandemia. Cuando se percató del fracaso de sus políticas frente al Covid-19 tomó distancia y hace poco llegó al extremo de llamarlo “muerto viviente” y hasta insinuar que era homosexual (luego se retractó de esto último).

Guzmán ha ido por la misma senda, identificándose con Vizcarra en el cierre del Congreso y otras iniciativas. Sin embargo, es presumible que el Presidente pierda apoyo popular por el caso Swing y su encubrimiento. Aún así conservará un importante auspicio de los peruanos de a pie que varios candidatos querrán heredar. ¿Cómo escudriñar esa herencia? ¿Qué la podría hacer endosable? ¿Hacia dónde eclosionará el 11 de abril próximo? Un factor a tomar mucho en cuenta.