Cuando se produjo el golpe velasquista contra el gobierno belaundista, lo aplaudió más del 90% de la población y la dictadura dio respuestas de corto plazo que merecieron el aplauso de gente que por tradición había sido abandonada por el Estado.
Sin embargo, del mediano a largo plazo, el desastre económico y social provocado por el gobierno militar, generó una reacción popular que lo obligó a convocar a una Asamblea Constituyente que aprobó la Constitución de 1979, bajo cuyo amparo se llamó a elecciones generales y triunfó Belaunde, como era previsible porque fue la víctima del golpe y nadie se acordaba del desastre de su primer gobierno.
Algo así pasa con el fujimorismo. Desde el 2000 todas las fuerzas políticas le declararon la guerra por la corrupción desatada desde 1990 ofertando nuevos liderazgos y más honradez. No hubo ni lo uno ni lo otro, sino que todos los gobiernos hicieron gala de una corrupción desatada que opacaba la del fujimorismo. Así las cosas, el fujimorismo, con sólidas bases populares en muchos sectores, podía enfrentar las comparaciones y proclamar que no hubo nada mejor, de modo que la persecución en su contra pudo ser utilizada como arma de victimización.
Por su parte, la izquierda más radical vinculada al Foro de Sao Paulo, supo convencer a muchos políticos para ser beneficiados con una flexibilización extrema en pro de una pacificación y presuntamente reconciliación, cayendo éstos en la trampa con lo cual facilitó una rápida recomposición estructural de aquellos, así como un acelerado proceso de infiltración en la base popular y en la estructura del Estado impulsando el control del poder, frente a un gigantesco sector poblacional abandonado y frustrado por tanta corrupción y nula gobernabilidad y gobernanza a su favor, ante cuyo escenario su cólera y desconcierto, atizado con resentimiento, apostaría por los extremos.
Ese es el dilema del elector en el presente: o el fujimorismo victimizado o los radicales pro-Foro de Sao Paulo que buscan una nueva Constitución, no para cambiar las cosas, sino para demoler el sistema democrático de gobierno basado en el equilibrio de poderes.
Aquí no se puede generalizar. Cada individuo debe cavilar y decidir serenamente. O un sistema defectuoso que brinda mecanismos de control o un sistema donde las libertades, el patrimonio y la familia se relativizan hasta desaparecer en medio de una miseria igualitaria.