Cada quien tiene derecho a sus propias opiniones, no a sus propios hechos. Señalar que la Constitución del 93 y la apertura en los mercados que esta trajo consigo ha sido lesiva para el Perú es un ejercicio terraplanista. Es un atentado contra una constatación fáctica medida por todos los indicadores habidos y por haber: el mercado libre ha sido la ruta a través de la cual millones de peruanos han escapado de la trampa de la pobreza a través de su esfuerzo y de la espontánea generación de riqueza que el uso del conocimiento en la sociedad traer consigo. En más de 100 años, se dice, ha habido siempre una generación que, cargada con la fatal arrogancia, cree que la planificación central es posible y que la tenencia estatal de los medios de producción es más justa. Creen, además, que el fracaso de todos y cada uno de estos intentos en el pasado se debe a errores de quienes intentaron la revolución y no del modelo intervencionista y parasitario que el socialismo en sus formas representa.

En esta elección, nuevamente hay candidatos que pretenden iniciar una aventura hacia las conocidas tempestades de la economía centralizada. Lo increíble es que quienes más se han beneficiado del crecimiento económico que ha convertido a un país en un Estado en vías de desarrollo, no han tenido ni la lucidez ni el coraje de defender el sostén de su bienestar ni la compasión de compartirlo con quienes lo necesitan. Ellos, timoratos, son los verdaderos culpables de que solo en una semanas estemos próximos a volver a jugar a la ruleta rusa con nuestro destino: se han conformado con una zona de confort y se han empachado de prebendas mercantilistas. Han sido incapaces de poner el hombro por la libertad que les ha dado alas e incluso han subsidiado (y muchos todavía lo hacen) a los enemigos de la sociedad abierta. Que sobre ellos caiga el peso de haber permitido que vuelva a germinar la semilla de la mediocridad y la de la perfecta distribución de la miseria a través del eficiente socialismo.

Quienes creen en la libertad, entonces, quedan obligados a postergar apetitos personales y a unir fuerzas por un futuro diferente. Y la oportunidad de que esto suceda estriba, finalmente, en que nosotros, los votantes, apostemos por lo que empíricamente ha dado resultados y no por improvisadas pócimas chamánicas que han fracasado una y otra vez sin excepciones y que solo han sacado de la pobreza a quienes han gobernado bajo esos cánones. ¿Que hay que hacer cambios? Por supuesto. Pero la esencia de la libertad de mercado no puede alterarse. Hacerlo sería abrir una caja de Pandora que los peruanos hemos ya abierto y hoy empezamos a ser testigos de los resultados. Ahora: como en el mismo mito griego al final de todos los males, dentro de la caja de Pandora, está la esperanza. Yo guardo una llama de esta esperanza. Y espero que el 11 de abril el Perú elija a un candidato o candidata que premie el esfuerzo, la libertad, la propiedad privada y la búsqueda de un Estado eficiente. Que así sea.