De una etapa electoral que padecimos hace poco más de cinco meses, a partir de fines del mes patrio comenzó otra pesadilla producida por la dinámica política que estamos hasta hoy experimentando y de la cual no sabemos cuándo vamos a salir.

El sistema democrático que todos los países procuran tener, no sólo como forma de gobierno sino, especialmente, como forma de vida política, necesita que en su funcionamiento presente varias características que impliquen evidenciar que el camino es el correcto; independientemente de poder calificarlo como total o medianamente democrático.

La separación de poderes, mejor entendida como separación de funciones, el control Inter poderes del Estado, la alternancia en el ejercicio del poder y, entre otras, las elecciones y consultas populares son las más importantes virtudes que el accionar de una democracia debe tener; pues, de lo contrario, estaríamos frente a un intento o un simple deseo de lograrla.

Asimismo, cuando algunas de estas características no funcionan de la forma como pretendía el constituyente, quien es el que elaboró la norma, nos corremos el riesgo que esta democracia sea una “democracia de papel”, por su debilidad en su ejecución, o por cuanto sólo se queda en el texto de la norma y nada más.

De estas características se rescata el relativo a los procesos electorales; el mismo que, en el sufragio, tiene el instrumento que le va a permitir al pueblo no sólo votar, sino para que cada ciudadano pueda dar a conocer su opinión y la misma concurra a la formación de la voluntad colectiva, tanto para elegir autoridades como para dar su opinión sobre un asunto que le interesa a la población.

Por lo tanto, el adecuado uso del sufragio termina siendo la causa y motivo para saber si sirven o no las otras características del funcionamiento del sistema. Razón por la cual se hace cada vez más necesario el asegurarnos que la voluntad del elector esté suficientemente garantizada, al no poder ser variada por factores externos, sino que, además, sea producto de una decisión que, con criterio y responsabilidad, traslade su intención política al voto.

Razón tenía Joseph de Maistre (1753-1821), cuando dijo: “cada pueblo o nación tiene el gobierno que merece”; frase que, luego André Malraux (1901-1976), la complementó al decir: “no es que los pueblos tengan los gobiernos que se merecen, sino que la gente tiene los gobernantes que se le parecen”.
Respecto al contenido de dichas frases, “cualquier parecido a nuestra realidad es pura coincidencia”.

El interés y preocupación que inspire la conducta política del sufragante, antes de emitir su voto, será fundamental, para hacer posible que el mismo sea “informado”, y responsable, no expuesto a la presión mediática que orienta o desorientan al elector.

Al término de un proceso eleccionario, luego de irse conociendo la forma de actuar de quienes asumen el mando de la nación, es natural que, si la gestión de gobierno se percibe como negativa, el sector que no votó por la candidatura que obtuvo el triunfo, terminará por culpar de todos los males a quienes, con su voto, permitieron su elección.

Para evitar continuar viviendo dentro de este panorama, que nuestra realidad política nos presenta, es impostergable comenzar a trabajar para que los partidos políticos se consoliden, no en función de una persona que promueva su creación, utilizando la estructura partidaria para sus aspiraciones personales, sino que sea el medio más eficaz para orientar la conducta ciudadana.

Si observamos lo que ha sido el origen de las candidaturas presidenciales, por lo menos de estos cuatro últimos lustros, nos encontramos con una realidad cercana a ver a las organizaciones políticas, como una especie de refugio de quienes ambicionan el poder.

Esta realidad es la que debe de cambiar; y, en su lugar, se debe procurar que la ciudadanía tenga conciencia de que el sufragio tiene mucha más importancia de ser, únicamente, el acto de votar, para evitar el pago de una multa.

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