Realmente nuestra izquierda se ha quedado estancada en el tiempo y sigue predicando un caduco discurso que ya no tiene vigencia en el mundo que quiere el desarrollo. Ni en China, ni en Rusia aceptarían el pensamiento de nuestros rabanitos porque estos solo piensan en los modelos de pobreza de Cuba y Venezuela agrupados en el foro de Sao Paulo.

La derecha tampoco tiene ideas claras y lo único que sabe es poner de relieve el poder económico de sus líderes, a pesar de que la historia nos ha demostrado que, al final, cuando llegan al poder quieren más dinero y son especialistas en vaciar las arcas del Estado.

Presentamos esta dualidad porque es sumamente notoria la tendencia de la prensa, por influencia de algún poder oculto que ya aparecerá pronto, para polarizar las elecciones del 11 de abril.
Colocan en la derecha, como fujimoristas o no, a Hernando de Soto, Rafael López Aliaga, Keiko Fujimori y César

Acuña, desconociéndose un rumbo claro de las agrupaciones del ex arquero del Alianza Lima y del grupo que lleva al inefable Vizcarra. A la izquierda van los rojos disfrazados de morado con Julio Guzmán, Verónika Mendoza, el ex sacerdote Marco Arana, Pedro Castillo, Yonhy Lescano que aparece como lampero, pero con el mismo discurso rojo de cambio de Constitución, la implantación de un Estado inversionista con empresas públicas cuyo pasado de desastre ya conocemos, la restricción de la actividad minera solo para confrontar mina con cultivos sin proponer otras alternativas porque es obvio que buscan hacer vigente esa teoría destructiva de la lucha de clases para que la tortilla se vuelva, sin darse cuenta que con Velasco se quiso hacer lo mismo y la tortilla volteada nos llevó a un país quebrado y sin futuro.

En el centro se ha ubicado solitariamente Podemos Perú del general Urresti, entendiendo que los extremos no pueden destruirse entre sí porque eso sería contradecir el orden universal de los contrarios en la realidad, no habrá riqueza sin pobreza, así como no hay alegría sin tristeza y que lo que debe procurarse es reducir la pobreza impulsando a los que menos tienen a pasar por el centro hacia la prosperidad generándole condiciones adecuadas de competitividad.

El problema de algunos líderes es que no se están percatando de esta confrontación de extremos y que el discurso, planteando planes básicos, debe transitar por el debate político, con claridad y dureza.