Las reglas conminatorias de obediencia ciega son patrimonio del comunismo. La gente pasa a ser dependiente del autócrata de turno. Desaparece el amparo que brinda el tejido social, dejando al individuo mentalmente solo, desamparado. Debilitando, hasta eliminando su habilidad para resistir. Consecuentemente, cae preso de la tensión y del miedo; del estrés y de la angustia. Miedo que induce a las personas a someterse a las reglas de obediencia obligatoria, por más que sepan que aquellas no conducen a nada bueno para ellas ni su sociedad. De otro lado, ese sistema -la obediencia vertical- va acompañado de una campaña de desinformación destinada a vencer la resistencia de los ciudadanos poniéndoles en claro que el autócrata de turno es quien está al mando. Las campañas mediáticas dirigidas a imponer la obediencia vertical están basadas en infundirle miedo a la sociedad apelando a magnificar, a través de la desinformación, la realidad del momento. Esto sin duda promueve hábitos de sometimiento a la autoridad que no se condicen con las exigencias reales -en este caso, de la pandemia- sino que se enfocan en consolidar al gobernante en el poder, a mérito de provocarle temores al individuo, que luego conducirán al pánico social y finalmente al sojuzgamiento general.

El problema de la política de obediencia obligatoria -como viene ocurriendo en varias naciones del orbe en torno al Covid- es que la gente no repara cuándo esta astucia se convierte en estrategia comunista. ¡Salvo cuando ya no hay nada que hacer! Hasta el momento el impresentable Vizcarra ha sido el primero en intentar empoderarse a base de imponernos la estrategia comunista de obediencia obligatoria. Lo hizo inaugurando una campaña desinformativa -voceada por la prensa canalla, comprada con el avisaje estatal- para justificar unas severas medidas de reclusión social que desembocaron en esta descomunal crisis sanitaria y socioeconómica que ahora sufre nuestra sociedad. Este presidente mendaz pretendió aprovechar la excusa de la pandemia, utilizándola de pretexto para atornillarse dictatorialmente al sillón presidencia, una vez clausurado el Parlamento tras su golpe de Estado. Afortunadamente, un fiscal lo trajo abajo tras abrirle investigación por corrupto. Causal suficiente para removerlo del cargo como por fortuna decidió el Congreso. Hoy tenemos un gobierno mantequilla, convencido de su incapacidad y temeroso de que la ciudadanía se levante en contra suya ante el rosario de barbaridades que comete. Tropelías reflejadas en la estrepitosa cifra de muertes diarias que exhibe en este momento Perú por faltas de vacunas, oxígeno, camas UCI, material médico, etc. ¿La razón? La absoluta incompetencia de Sagasti y su equipo de advenedizos y aventureros, que insisten en hacer política favoreciendo electoralmente al partido al que pertenecen, privilegiando el compadrazgo -incluso el fraude electoral- mientras abandonan al pueblo a la gracia de Dios con esta infame gestión que realizan frente a una pandemia que, hasta el día de hoy, enluta al Perú con una estremecedora estadística de 150,000 compatriotas muertos.

Mucho cuidado, amables lectores, al momento de votar. Acuérdense de Vizcarra. Tras alguna cara de palo y el verbo populista el comunismo aguarda agazapado.