La izquierda ha llegado al gobierno, pero no al poder. Carece de legitimidad de origen. No está en el gobierno por el voto del pueblo. La marcha que la colocó en el gobierno no la legitima.

Los jóvenes marcharon contra Merino, no a favor de Vizcarra y menos por Sagasti. Este es producto del azar. Marcharon sin hallar las palabras con qué expresar lo que sienten. No saben cómo decir lo que quieren. El suyo es un grito en silencio. Significa: ¡quíén manda acá! ¡Quién tiene legitimidad!

La respuesta es nadie. Se ha derrumbado el poder como tal. No el de este o aquel gobierno o su oposición, sino el poder como tal. Esa es la obra de política de este quinquenio, el último antes del Bicentenario de la República.

Por eso la izquierda descubre hoy que se puede llegar al gobierno y no tener ningún poder. No logra ni reordenar la Policía sin provocar una reacción violenta. Cree que el poder nace de la fuerza, cuando es a la inversa.

Esto no es realmente una novedad. En los 200 años de historia de la República la mayoría de los gobiernos considerados democráticos han estado en el gobierno pero no en el poder. Los golpes de Estado siempre han sido una reacción contra eso.

La nuestra es una democracia de baja gobernabilidad, incapaz de resolver los problemas de la gente e incapaz de repararse a sí misma, de entender siquiera la falla en su sistema de gobierno, que es la matriz.

Esto lleva al grito silencioso de la marcha: no saber dónde exactamente está la falla. Se encuentra en unos pocos artículos del capítulo político de la Constitución que regulan las relaciones entre los poderes del Estado.

Pero es fácil manipular para hacer creer que hay que tirar la Constitución entera, refundar el país y comenzar de nuevo con un papel en blanco sobre una mesa vacía. Lo que buscan en realidad es derogar el capítulo económico de la Constitución, que se resume en esta luminosa y formidable sentencia: “la iniciativa privada es libre”.

Comenzar de nuevo es un pretexto imposible. Derribar la casa para reiniciarla desde un origen prístino con un debate parlamentario estéril sobre cómo deben ser los cimientos es un imposible. Es tirar al niño con el agua del baño. Es servir a la agenda oculta para la captura del poder con una confusión descerebrada que le permita acabar con la democracia, como en Venezuela, como en Cuba hace 60 años. Como puede ocurrir ahora en Argentina, en Bolivia, en Ecuador, en Colombia, en Brasil mañana. Ese es el error craso de los chilenos. Lo pagarán cuando la inversión se detenga en su país que fue el modelo para todos de cómo salir del subdesarrollo. Chile ha sido llevado a recaer en la enfermedad. Estamos solos en esto. Pero lo hemos estado en el pasado, y salimos vencedores.

Decir con Sagasti que su gobierno sienta las bases para que el próximo haga una constitución nueva no es sino una frase hueca destinada al fracaso, incluso en acallar el grito de la calle. No expresa lo que el pueblo peruano quiere porque no entiende dónde está la falla en la matriz de la que el grito nace.