Acaso presintiendo su muerte, mi padre -a quien no conociste- me pidió algo que te concierne, hijo mío. Algo que he hecho muchas veces en su nombre: contarte la historia del minero que velaba los túneles y que en el comienzo del año escolar y cargando sus maletas al hombro como cualquier changador, despedía a su primogénito en el andén del tren de Martunel, un chico de quince años que partía hacia Lima a continuar sus estudios del colegio.

Crecer es sufrir, decía Freud. A destiempo, a contracorriente, al margen (golpe a golpe, verso a verso, como en el hermoso poema de Machado que musicalizó Serrat). Ese crecimiento, sin embargo, está lleno de alegría. La alegría que mi padre me dio y que yo trato de darte a ti, en medio del torbellino de estos años impredecibles.

Te debo muchas cosas, hijo mío. En la plenitud de la promesa se revela la plenitud de la esperanza. Perdóname, por ello, los días indecibles en donde debí descubrir la verdad y no lo hice. Perdóname el silencio cuando debí hablar y la palabra cuando esperabas el silencio. Perdóname la vigilia que no pude sostener porque me importaba más mi descanso que tu historia. En la profundidad de la culpa se descubre la profundidad de la promesa. Perdóname no haber sido lo suficientemente bueno como para enseñarte la bondad; lo suficientemente sabio como para mostrarte la sabiduría; lo suficientemente pobre como para revelarte la pobreza. Perdóname las mentiras de toda mi verdad y la verdad de todas mis mentiras.

Los padres somos como el viajante de Miller que descubre en la carretera que no sabe a dónde va o que va por el camino equivocado, sólo después de que ha viajado tanto y empacado mucho, siempre con la vana intención de volver con las maletas repletas de regalos y el corazón henchido de ternura. Perdóname ese viaje, las rutas inasibles, las inconcebibles paradas, los giros en el círculo de la misma ilusión que no deja de ser una ilusión. Perdón por todos los atajos que no conducían a ti, por el amanecer viajando en la neblina, por la neblina en lo que dependía ella de mí y yo de ella y ambos del invisible horizonte. Perdón por el conjuro que transformé en palabras.

Ahora sé más que antes -pero que siempre será poco- que lo que oculta la vida, va develándolo el amor. Te he dado lo que consideraba mejor pero no me lo agradezcas por mejor -que seguramente no lo es- sino porque te lo di. La ofrenda que se purifica en el viaje de unas manos a otras manos que se alargan y se extienden con esperanza.

Te conté la historia del duende de las minas, el muji que todos conocían en los socavones de la mina. Con su lámpara en vaivén aparecía y desaparecía sin hablar y sin dejar mensajes de ninguna índole. Sólo su luz alumbrando la ruta del minero más abajo de la tierra. Sólo su estela diciéndole: no estás solo, aquí estoy, yo soy tu compañía.

He querido ser ese muji, hijo mío, aunque mi lámpara no alcance ahora al vigor de tus pasos y la extensión de tu senda. Pero así debe ser.