Queridos hermanos en Cristo, nos encontramos ante el domingo XV del tiempo ordinario. ¿De qué nos habla Dios en este día? En la primera lectura, el profeta Amós nos presenta cómo Dios lo llamó: “Vidente, vete y refúgiate en tierra de Judá; come allí tu pan y profetiza allí. No vuelvas a profetizar en Casa de Dios, porque es el santuario real, el templo del país”.  Respondió Amós: “No soy profeta ni hijo de profeta, sino pastor y cultivador de higos. El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: ‘Ve y profetiza a mi pueblo de Israel’”. Este es el llamado de la profecía, es decir, de dar a conocer la raíz del conflicto del hombre, mediante esto el profeta será fiel a Dios.

En el Salmo 84 cantaremos: “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación. Voy a escuchar lo que dice el Señor: Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos”. Esa paz que nos dará la lluvia, que trae consigo fertilidad en el campo y hace crecer los frutos. Esta fecundidad nos dará la felicidad.

La segunda lectura es de la carta de san Pablo a los Efesios: “Nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo”. Por ello, hermanos, estamos llamados a dar frutos, a rescatar al hombre de sus pecados, por eso hemos sido marcados por Cristo con el Espíritu Santo prometido, que es la prenda de nuestra herencia, como dice la Palabra. Esa herencia que hemos recibido gratuitamente, tenemos que darla a conocer al prójimo, de la misma manera en que la hemos recibido.

En el Evangelio de san Marcos se nos muestra cómo Jesús enseña a los apóstoles y cuál es la mejor sinagoga que tienen para formarse, cuál es la mayor enseñanza que deja Jesucristo a los apóstoles: el envío de dos en dos al anuncio de la Palabra de Dios. Primero, elegirá a los doce y les preguntará si están dispuestos a seguirlo. “Los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto”, dice san Marcos. Los apóstoles iban con autoridad sobre los demonios que destruyen al hombre: egoísmo, falta de valores, robos, perversión y mentira. Esta radicalidad se basa en que nuestro sustento es Dios, y es la misma a la que estamos todos llamados, porque es Dios nuestro primer sustento, él nos mantiene. Esta es la misión de la Iglesia, ir despojado de bienes a predicar de la Buena Noticia y así, ser testigos de amor de Dios. Los mejores maestros son aquellos que dan testimonios, hay muchos políticos que hablan, pero lo que se necesitan son políticos cristianos que sean testigos del amor de Dios. “Quedaos en la casa donde entréis y daos la paz, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa. Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban”, continúa. Todo aquel que los recibía y creía en la Buena Noticia experimentaba la paz. Y esta es también la misión de la Iglesia, curar enfermos esclavos del dinero, del orgullo y de sí mismos. Hagamos presente a los hombres el amor de Dios, prediquemos la Buena Noticia y así salvaremos a esta generación que experimenta la muerte. Dios nos ha creado para la vida y ser felices en ella, esto los testifica la Iglesia en este domingo.