Una reciente investigación ha revelado que en la ayahuasca, una planta alucinógena del oriente peruano, podría estar la cura del Alzheimer y del Parkinson, porque ha demostrado en ratones su capacidad de crear neuronas. Dicen los especialistas que no les sorprende esta posibilidad porque el conocimiento del cerebro, en realidad, recién comienza y porque hemos patologizado las alucinaciones y no entendemos que con la lógica del inconsciente se puede llegar al consciente y sanarlo.

Además, nos recuerdan que nuestros hallazgos están centrados en la razón y el consciente, pero no en el inconsciente cuya función de conexión con el ambiente y la vida parecen atisbar los chamanes y hechiceros. Hay, de otro lado, componentes de la ayahuasca que ya se usan farmacológicamente con éxito en el tratamiento de la depresión.

En el Perú hay 200 mil personas con Alzheimer pero para dentro de 30 años alcanzarían el millón si no hay una cura. En el mundo los pacientes de este mal suman 46.8 millones y para el 2050 podrían llegar a 131.5 millones.

La lógica de los sueños no es la lógica de la razón, sino del inconsciente del que casi no sabemos nada y que ciertas cosmovisiones como la amazónica le dan una real importancia a su contenido con el cual puede construirse una nueva visión de ciertas enfermedades del cerebro.

Soñar es una desmesura: querer desentrañar la realidad que vemos para descubrir la realidad que es. Nadie que no sea un dios o un héroe puede suponerse capaz de tal milagro. Pero cuando dormimos somos héroes y somos dioses; liberada por algunas horas del cuerpo, la mente levanta vuelo y se asoma al inaudito precipicio donde las cosas son.
Los sueños constituyen un patrimonio común y aunque están alimentados por las experiencias personales, también lo están por las vicisitudes de la especie, por la memoria individual y colectiva y por los sueños de nuestras vigilias en cualquier edad y tiempo. Para la profunda psique vivir y soñar es lo mismo porque todo sucede en una dimensión cuyas características no conocemos pero sí podemos imaginar: una figura, por cierto, muy torpe pero que invariablemente se asemeja a un vaciadero insondable y eterno.

Hay en nuestra ciudad un río triste y estrecho que en el verano incrementa su caudal de una manera tremenda. Durante nueve meses más que un río es un cauce, pero en los otros tres se convierte en un torrente que le recuerda a los limeños que hay otro río detrás, arriba o abajo (ése que explicaría tantas cosas) que lo predestina y lo empuja.

Entre el puente y la alameda, he sentido que ese río seco y pedregoso de la mayor parte del año y aquel que bulle frenético entre enero y marzo configuran la vida que veo. El otro que no fluye por el cauce del Rímac, sino por alguno oculto que yo no sé ni podré saber nunca, prefigura la vida que es. En uno de ellos mojamos los pies; en el otro secamos el alma. Uno corre (ora lento, ora tumultuoso) por este angosto valle de lágrimas y polvo. El otro atraviesa el sueño y se queda en él, o pasa o se confunde con el río sagrado cuyas aguas nos tocan sólo en la plenitud del amor y del silencio.