“La luz al final del túnel no es más que la luz de un tren que se acerca” escribió Robert Lowell y con ello ilustró la historia de su vida. Desgarrada por el alcohol, la depresión y los internamientos psiquiátricos, convirtió esa vida en poesía y comprobó, al cabo de los años, que efectivamente a veces no hay luz al final del túnel sino la luz de un tren que se acerca. La frase fue para él una admonición y un presagio que sonó constantemente como suena en la estación el viejo pito de los trenes.

Hacia finales de la década de los 70, era yo editor de la página cultural del diario La Prensa y una tarde al revisar los cables, encontré uno de ANSA que me impactó: el gran poeta de Boston había muerto repentinamente en el asiento posterior de un taxi. Al instante pensé en Antonio Cisneros, a quien admiraba profundamente y cuya devoción por Lowell ha quedado escrita en versos bellísimos. Decidí destacar la noticia, sin pensar que Cisneros la leería y escribiría un poema extraordinario, haciendo alusión a ella.

“Del avión al taxi/ del taxi al sudor frío/ del sudor al diafragma cerrado” dice Cisneros y concluye: “No hay duelo en los semáforos / que guardan el camino/ ni un abeto en tu puerta todavía.” Más tarde o más temprano diría: “Y ya no hay corazón que aguante a Robert Lowell/ ni hay más hígado libre…” en ese libro cuyo título es, acaso, su mejor poema: “Como higuera en un campo de golf.”
La vida es para algunos, de repente iluminados, una causa perdida. Pero la viven con una inmensa esperanza, con una tenacidad que sólo éstas inspiran.

Ernesto Sábato -el autor de El Túnel- y Jorge Luis Borges, el incomparable constructor de túneles y laberintos, tan opuestos en sus idearios políticos, coinciden en eso. Sábato abogó siempre por ellas, como buen anarquista que era, y Borges dijo: “Es de caballeros seguir las causas perdidas”. Robert Lowell escribió al respecto: “Debo vivir el mundo como es, mirando al imposible ascender al deshecho.”

Todos vemos cada día esa luz al final del túnel, sea cual fuere la extensión de éste, su tamaño y su lejanía. Es más, se podría decir que vivimos en un túnel y que nuestra felicidad se mide por la aparición y desaparición de esa luz. A veces intermitente, escondida, disimulada u oculta por tantas luces de artificio, es nuestra brújula porque es nuestra esperanza.

Túnel y tiniebla es una asociación natural, como podrían serlo árbol y pradera. La luz, en ambas simbologías, juega un papel nuclear, porque sin ella no hay nada. En el principio la tierra estaba desordenada y vacía, se lee en el Génesis. Y Dios dijo: hágase la luz…

Fue el comienzo del túnel…
Jorge. [email protected]

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