El tiempo cubre, con su paso silencioso, errores, vergüenzas y antiguos pudores. A más de 30 años de la caída del muro de Berlín, el desmoronamiento de la Unión Soviética y la victoria del Estado peruano y la libertad en contra de las hordas del terrorismo comunista de Sendero Luminoso y el MRTA, la izquierda que enfrenta el proceso electoral que ya empezamos a vivir es una que, como una matrioshka rusa, se ha ido desnudando en su esencia y hoy se presenta -finalmente- sin caretas ni amagues para cubrir su ideología anacrónica, fracasada y eficiente únicamente para repartir equitativamente la miseria de quienes se atrevan a seguir, como las ratas en Hamelin, a supuestos guías que conducen probadamente al abismo. O para quienes terminan oprimidos bajo el poder presupuestívoro y en constante expansión de quienes, sin haber logrado el paso del mito al logos, vean aún a una especie de deidad en el Estado.

A los ejemplos me remito: hace unos meses, el avispado ex sacerdote Marco Arana explicó -con su sustento en sus amplios conocimientos de la Economía- que en Cajamarca los ingresos que la minería genera bien podrían ser reemplazados por un bien diseñado programa que atraiga a observadores de aves a contemplar el amplio menú ornitológico que la región ofrece. El señor Arana, rey de su partido, cree que la onza de oro podrá ser equiparada con los bolsillos llenos de curiosos japoneses armados con sus binoculares y sus cámaras fotográficas. Queda, para el Frente Amplio, claro que el post-extractivismo, esta “moderna” visión del mundo, podrá reemplazar a su odiado modelo primario exportador… ¡Los tiempos que se viven! Nadie dice que el Perú no podría -de hecho, debería- darle mayor valor agregado a sus materias primas pero eso de vivir sin metales ya lo hicimos: fue una era llamada la edad de piedra.

La señora Mendoza, ex secretaria de Nadine Heredia y ex aliada del ex curita, hoy postula sin mayores remilgos la necesidad de una nueva reforma agraria. Allí mismo, en ese solo postulado, queda expuesta la última muñeca de la matrioshka: el desprecio absoluto por la propiedad privada y por la libertad económica. La reforma agraria que llevó a cabo el dictador Juan Velasco destrozó el agro y los bonos que su gobierno entregó a los expropiados jamás fueron pagados; sin embargo, uno podría -con esfuerzo y objetividad- encontrar un elemento fuerte en la posición de aquella dictadura: muchas de las expropiaciones se dieron sobre tierras cuyos dueños jamás habían pagado por los derechos de propiedad. Estos eran herederos centenarios del modelo colonialista español que despojaba a la gran mayoría de peruanos del acceso a la tierra cultivable. No es un argumento que comparta, pero sí lo comprendo.

Hoy, en cambio, plantear una reforma agraria es -sin eufemismos- creer que el Estado omnipotente debe hacer uso del monopolio de la violencia para robarle -ese es el único verbo correcto- tierras a quienes las compraron con su dinero y bajo una Constitución que les aseguraba la oponibilidad de su propiedad y la estabilidad de esos principios jurídicos. Ninguno de los dueños de las agroexportadoras de hoy es heredero de algún encomendero español: son todos empresarios que apostaron por hacer verde un desierto improductivo y por generar millones de puestos de trabajo y un incremento exponencial en la calidad de vida en las ciudades aledañas a los polos agrarios. El Estado debe, por supuesto, encargarse de que los derechos laborales de todos los empleados sean respetados. Pero… ¿Para eso es que existe la Sunafil, no? No importa, Nuevo Perú quiere quitarles a los ricos y darles a los pobres: distribuir la pobreza.

En esa misma línea el candidato con el número uno por Lima de Nuevo Perú declara abiertamente que el sátrapa bananero y asesino Nicolás Maduro no es un dictador, porque ha sido elegido por el pueblo venezolano. Un argumento brillante que nos permite inferir que los dictadores necesariamente deben llegar al poder por la fuerza. Así, Hitler llegó con los votos del Reichstag a la Cancillería, a Vladimir Lenin lo eligieron los soviets de todas las rusias, así como a su sucesor, Iosif Stalin (al menos fue elegido por aquellos a los que Lavrenti Beria no se encargó de matar). A los hermanitos Castro los eligen desde enero de 1959 con un transparente sistema de democracia indirecta y a Kim Jong-un lo eligió Dios para gobernar por ser nieto de Kim Jong-il que -de acuerdo con la Historia oficial norcoreana- llegó al mundo luego de eclosionar el huevo de una golondrina para encarnar los deseos, pasiones y esperanzas de su pueblo.

En la misma línea se encuentra el candidato por la misma lista, pero que postula con el número tres: un confundido comunista (valga la redundancia) cuyo nombre no quiero acordarme y no tuvo mayores dudas en dirigirse a la nación con algunas “ideas” bajo los atentos retratos del buen Karl Marx y del Gran Timonel: Mao Tse Tung, el asesino más grande del siglo XXI en cuyas decisiones estriban más muertes que en cualquier otra persona en la Historia de la humanidad. Hablar bajo un genocida -y ciertamente un imbécil como Mao Tse Tung- en un mensaje político sería perfectamente análogo a que un candidato de derecha conservadora se aviente un discurso bien acompañado de un busto de Adolf Hitler. Pero claro, con la izquierda nadie se va a indignar jamás porque como muy bien le dijera Giscard a Miterrand debatiendo en camino al Elíseo: la izquierda tiene el monopolio del corazón. Sin paltas con Mao entonces. Adelante.

Nunca en una justa democrática la izquierda se había mostrado tan abiertamente radical y tan dispuesta a destrozar el crecimiento económico que los últimos treinta años le han reportado al país con un modelo que jamás ha funcionado. Como se dijo alguna vez: en cada generación hay siempre un grupo de palurdos que cree que el problema no es el comunismo sino las personas que lo aplicaron. El Perú, por supuesto, no ha dejado de tener su excepción en generación ninguna. Con la diferencia que, bajo las ideas de Gramsci, hoy la izquierda ha penetrado el poder de manera discreta, pero muy profunda. Los grandes medios de comunicación no parecen preocupados mientras la publicidad estatal siga llegando para poder mantener la cabeza sobre la línea de flotación. Y la derecha -tanto liberal como conservadora- ha cometido el error de transar con el mercantilismo de demasiados. Cuando el mercantilismo también es el enemigo.