La miseria del fanatismo

La miseria del fanatismo

Por Ada Gallegos

La miseria del fanatismo político se expresa, fundamentalmente, en la negación y hasta en la aniquilación del otro. Se trata de un comportamiento basado en la lógica dicotómica amigo-enemigo. La geneología del fanatismo político, por el espacio, nos enseña que esta patología se produce en todas las civilizaciones, y, por el tiempo, nos enseña que esta deformación se expresa a lo largo de toda la historia. Sin embargo, la hipótesis de este artículo es que el siglo más fanático es el que se inicia con la primera guerra mundial y se extiende hasta nuestros días. No debería ser así, puesto que se supone que este es el tiempo de los derechos fundamentales. Lo que ocurre que hemos pasado de la narrativa fanática explícita a la implícita: en Occidente, del discurso fanático desembozado del nazismo al oculto del nuevo orden mundial; y, entre nosotros, el discurso fanático y agónico de sendero luminoso.

La primera guerra mundial, por el solo interés del acaparamiento de poder, produjo veintidós millones de muertos. La segunda guerra mundial fue más elaborada en cuanto a pensamiento fanático, y por ello el nazismo causó la extinción de seis millones de judíos. La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas asesinó a más millones de personas que los nazis. El genocidio en Ruanda, provocó más de un millón de decapitados. El genocidio de Ruanda, aquel casi exterminio del pueblo Tutsi a manos del gobierno Hutu, en el cual fueron asesinadas entre quinientos mil y un millón de tutsis. El 11 de septiembre de 2001, los aviones musulmanes que se estrellaron contra las torres gemelas de Nueva York ocasionaron la muerte de tres mil americanos. Pero, hay otra forma de fanatismo, aún vigente, que también debemos destacar: aquel que implica el estigma, la segregación cotidiana por razones de piel, ideología, o interés de un grupo de poder.

Las dictaduras militares de Latinoamérica implementaron el terrorismo de Estado que dio lugar al asesinato de millones de personas. Fue así sobre todo en Argentina, Chile, y Centroamérica. En tanto que, en Perú, a pesar de la vigencia de gobiernos constitucionales, el fanatismo alcanzó su grado máximo con Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru. El apego obsesivo a las ideologías y a la estrategia política de toma del poder se sobrepuso al valor de la vida y a todos los principios consagrados por los derechos humanos. Es paradójico, pues entonces estos grupos terroristas ocasionaron la muerte de más de sesenta millones de peruanos, pero hoy un neo senderismo con lógica discursiva subyacente ha logrado abrirse paso.

El fanatismo es intolerante, pues no admite un pensamiento diferente al propio y aniquila al oponente. El fanatismo es antidemocrático, pues recurre a métodos irregulares o fraudulentos en su obsesión por perpetuarse en el poder.

El fanatismo es enemigo de los derechos humanos, pues los menosprecia y pisotea. Así actuaron todos los fanáticos de este último siglo: en Occidente: Iósif Stalin y el comunismo, Adolf Hitler y el nazismo, Benito Mussolini y el fascismo, entre otros de izquierda y derecha. En América Latina: Hugo Chávez, Fidel Castro, Daniel Ortega, Evo Morales y el comunismo, Augusto Pinochet y el llamado pinochetismo, aquella reacción descarnada al comunismo de Salvador Allende. Qué alejados aún estamos de la buena intención para con el otro, de François-Marie Voltaire: “No pienso como tú, pero daría mi vida por defender tu pensamiento”. Hoy, el fanatismo sigue siendo una forma de la miseria de la derecha y la izquierda, y una degeneración del centro político casi siempre inexistente.

Mira más contenidos siguiéndonos en FacebookTwitter Instagram, y únete a nuestro grupo de Telegram para recibir las noticias del momento.