Cuando veo las iniciativas legislativas y empresariales de fijar, en nuestro tugurizado calendario, la conmemoración del día de “algo”, tengo la impresión que son tantos y algunos tan irrelevantes, que nos hacen perder el foco de lo que realmente debemos celebrar. Ayer se conmemoró el Día Internacional de la Alfabetización. Para mí es una conmemoración tan importante, por su trascendencia y logros en nuestro país, que deberíamos celebrarlo tanto o más que la clasificación a un mundial de fútbol.

El 1990 la tasa de analfabetos en Perú afectaba al 14% de peruanos mayores de 15 años. Uno de cada siete, en esa edad, no sabían leer ni escribir. De este porcentaje el 60% eran mujeres. Podemos buscar las causas, pero quizá la más importante había sido el enfoque centralista de un Estado que no estaba cumpliendo con su obligación de alfabetizar, dando así la espalda a los peruanos olvidados de poblaciones rurales pobres que no tenían acceso a la educación. Nueve años después, el presidente Fujimori asignando mayores recursos a los programas sociales y la creación del Ministerio de Promoción de la Mujer y Desarrollo Humano, a través de una estrategia inclusiva logró reducir significativamente el analfabetismo a 7%. Hoy, después de 20 años, el 5% de peruanos son analfabetos que lamentablemente siguen siendo marginados en nuestra sociedad.

La alfabetización ha sido clave para reducir la pobreza, disminuir la mortalidad infantil, detener el crecimiento demográfico y poner en igualdad de condiciones a hombres y mujeres para competir. La alfabetización ha empoderado a la mujer injustamente postergada por años en sus aspiraciones.

La mujer peruana en todas las crisis ha tenido un rol protagónico: la vimos defendiendo con valor a sus hijos frente al terrorismo, liderando los comedores populares, los clubes de madres, el vaso de leche, poniendo el hombro para ayudar a los más vulnerables. En esta pandemia, con coraje lidera la ayuda social para promover “la olla común” que ha permitido subsistir a miles de hogares donde no supo llegar el Gobierno.

La mujer de hoy es valiente, luchadora, que levanta su voz para hacerse escuchar, sobreponiéndose a la violencia y desigualdad. Se ha ganado a empujones su espacio y su autonomía económica. Hoy es una destacada estudiante, una excelente profesional que sobresale en sectores claves de nuestra economía. Aspira con todo derecho a ocupar las más importantes posiciones en las empresas públicas y privadas. Hoy exige se respete y reconozca su capacidad y estudios para recibir igual o mejor remuneración económica que el hombre.

Sabemos que si el electorado fuera justo y dejara de lado su genético machismo, en el 2021 podríamos tener la primera mujer presidenta del Perú. Liderazgo, conocimiento, empuje, fuerza y sensibilidad social, ¡les sobra!

Luis Otoya Trelles