La Navidad, a lo largo de los siglos, es la fiesta más celebrada de los cristianos; porque se recuerda el nacimiento del Hijo de Dios encarnado, a las afueras del pequeño pueblo de Belén; colocado inmediatamente después de nacer, sobre un pesebre que servía para que coman los animales del campo. En esa noche de luz, sólo los pastores supieron reconocerlo y adorarlo; mientras desde Oriente, los llamados reyes magos, avisados por una estrella, se disponían también a emprender un largo viaje para poner a sus pies oro, incienso y mirra.

La Noche Buena, se resume en estos hechos, narrados en los Evangelios, que trascienden el espacio y el tiempo; porque su mensaje es eterno: siempre antiguo y siempre nuevo, como las generaciones de mujeres y hombres que nacen, viven y mueren a lo largo de los años y son interpelados por esta imagen de un Dios que llegó sin arrogancia ni oropeles; sino pequeño, pobre y despreciado por un mundo que no lo supo reconocer, sino solo a través de esos pastores y de esos reyes magos.

Los pastores fueron personas sencillas y pobres materialmente, que reconocieron en ese Niño, al Dios que se hacía uno más entre ellos y compartía una vida áspera, con múltiples necesidades insatisfechas; porque su mensaje de amor, iba contra la acumulación de cosas y de títulos, de vanaglorias y de la banalidad de la vida, del consumismo y hedonismo irracional.

Como supieron también reconocerlo los reyes magos quienes, desde la altura de su éxito y su ciencia, localizaron una estrella que, por encima de sus conocimientos y estudios profundos, les mostraba una novedad, frente a la cual se postraron; porque supieron reconocer con humildad que esa estrella los guiaba hacia el rey de reyes que les ofrecía la auténtica verdad.

Las personas sencillas saben ahora, como lo supieron los pastores, reconocer a ese Niño Dios y lo manifiestan de múltiples maneras: en la dedicación seria a su familia, amigos y trabajo; en proyectos educativos, de salud y alimentarios; en la dedicación a los enfermos o personas mayores; y diversos voluntariados que ayudan a la mejora de la sociedad.

Como los reyes magos, también hay muchas personas que poseen bienes y los comparten, incluso en importantes porcentajes, con los necesitados; hay una notable cantidad de profesionales y científicos cristianos, incluso Premios Nobel, en distintas especialidades, aunque tienda a ocultarse.

Sin embargo, no se puede negar que todavía hay miedo a expresar la fe, porque pesa el bullying que tantas veces es pan diario en distintos lugares, o pesa el ambiente o el qué dirán, más allá de las propias convicciones. Como también existen quienes, considerándose cristianos, no están dispuestos a vivir con coherencia, para no ser excluidos del grupo nice.

Los cristianos, si bien somos todos -imperfectos y pecadores (como lo repiten tantos Papas)- no podemos olvidar que estamos llamados a esforzarnos con seriedad, para convertirnos en la levadura que fermente la masa, en la luz que no se esconda debajo de la mesa y en la sal que dé sabor al mundo; ese es el sentido de la Navidad.

Actualmente -mediados del siglo XXI- los cristianos somos 2,300 millones; de los cuales, los más numerosos somos los católicos, 1,350 millones; seguidos del Isalm, 1,800 millones; induismo, 1,100 millones; budismo, 500 millones y judaísmo 14 millones. Por tanto, depende de cómo recibamos al Niño Dios, todas las Navidades, que este mundo sea más amigo de la verdad, más solidario y más humano.

Profesora CENTRUM-exCongresista