Cuando ingresé a la universidad todo parecía mucho más fácil. Entonces no había muchas preocupaciones y si aparecía alguna, de pronto, podíamos sortearla como quien evade las responsabilidades cuando se es adolescente. Sin embargo, cuando ya íbamos creciendo y nos sentíamos más universitarios, la presión alrededor crecía sin darnos cuenta y sabíamos que tendríamos que enfrentar otras preocupaciones que no nos advirtieron.

Estar a mitad de carrera era pararse al borde de un acantilado. Entonces decidíamos saltar o bajar despacio para llegar hasta el otro lado. Si saltábamos, lo más probable es que nos accidentáramos. En cambio, si bajábamos despacio, aunque también corriéramos el riesgo, no necesariamente nos iría tan mal.

En esos años en que recién iniciaba la carrera, comencé a admirar mucho más a esos autores cuyos nombres aparecían en las portadas de los libros que compraba en el jirón Quilca. Esos señores eran, finalmente, sujetos de carne y hueso. Para un estudiante de literatura esa experiencia era como cruzar la frontera de la ficción y acariciar poco a poco la realidad, un espacio que se nos había sido negado o que quizás habíamos visto bastante lejano.

En más de una ocasión los había visto firmar libros en alguna feria o escuchar sus nombres repetidas veces en las cajas de las librerías cuando me acercaba a pagar los pocos libros originales que podía comprar. Acercarse y sentir esa otra realidad nos hacía pensar en la posibilidad de que nuestros nombres también podían estar ahí, aunque sea diminutos, deambulando entre los libros de aquellos autores. Esa era una experiencia que queríamos alcanzar alguna vez.

Cuando uno mira por primera vez su nombre en una publicación, entiende que las preocupaciones comienzan a llegar, una tras otra, casi sin darse cuenta. De pronto, ya no solo se trata de la necesidad de volver a escribir, sino de buscar otros espacios más dignos para la escritura.

Para quienes hemos experimentado la vida al lado de los libros y hemos desarrollado una necesidad o incluso dependencia de ellos, entendemos que la escritura termina siendo una doble sensación: a veces dolor, a veces placer. Y muy a pesar de ello, la necesidad de escribir y, con mayor razón, la necesidad de procurar una publicación es una forma diferente de vivir –con dolor o con placer–, pero de vivir, al fin y al cabo, en medio de lo que hemos decidido hacer por vocación, a pesar de todo.