Es innegable que la vacancia contra el ex presidente Martín Vizcarra y la violencia social que esta desató beneficiaron políticamente al Partido Morado. Asimismo, su candidato a la Presidencia, Julio Guzmán, está aprovechando la crisis electoralmente.

De ser una bancada que solo obtuvo 7% del voto popular, el Partido Morado ha pasado inusualmente a gobernar nuestro país bajo la presidencia de Francisco Sagasti, también candidato a la vicepresidencia con Guzmán. Además hoy tienen una posición de dominio dentro del escenario electoral que se ha visto traducida en muy poco ánimo de buscar consensos.

Muchos cuestionan el aprovechamiento del poder para promover la candidatura de Guzmán. Incluso el presidente Sagasti ha sido exhortado por el Jurado Electoral de Lima Centro a dejar de usar el color morado en actos oficiales de gobierno. Sin embargo, lo que resulta realmente inquietante es la actitud que han asumido los morados desde la caída del gobierno de Manuel Merino.

Tanto Julio Guzmán como muchos de sus partidarios llaman “dinosaurios golpistas” a cualquiera que ose criticarlos u oponerse a sus propuestas, especialmente tratándose de los 105 congresistas que votaron a favor de la vacancia contra Vizcarra. Congresistas que, dicho sea paso, llevaron intimidados con su voto a Francisco Sagasti a la Presidencia de la República, con lo cual resulta que son golpistas solo cuando se trata de no seguir al pie de la letra la agenda morada.

De hecho, Julio Guzmán anunció esta semana que el Partido Morado se dedicará a asegurarse de que los congresistas que votaron a favor de vacar a Vizcarra sean acusados constitucionalmente y sancionados por el próximo Congreso. Hacerlo, por supuesto, contraviene frontalmente la Constitución pues los congresistas no pueden ser sancionados por los votos que emiten.

Además de revelar una profunda ignorancia de los más elementales presupuestos del Estado constitucional, esta propuesta pone en evidencia que la de Guzmán es una forma de hacer política inquisidora, maniquea y prepotente, tan populista como la del Congreso que critica.

Los morados han encontrado su única fuente de legitimidad en el desprestigio de quienes los llevaron al poder, por lo tanto no buscan el diálogo democrático. Su estrategia es atacarlos y perseguirlos hasta cancelarlos, incluso si ello implica violar la Constitución. En nombre de una falaz defensa de la democracia, incurren en los mismos métodos antidemocráticos y demagógicos que critican en sus opositores.

Esta forma polarizada de ver la realidad política es extremadamente dañina para el país y es justamente la que nos ha llevado a la crisis que estamos viviendo hoy y a tener un Congreso tan mediocre. Esta es una estrategia muy peligrosa de cara al futuro. Los peruanos merecemos una nueva y mejor forma de hacer política, una que no disfrace la falta de ideas con populismo y que no confunda al adversario político con un enemigo al que hay que suprimir por cualquier medio.

Si en el futuro queremos tener un Congreso y políticos que no repitan el fatal populismo que hoy observamos, debemos empezar por consolidar el Estado de derecho y nuestras instituciones como límites al ejercicio abusivo del poder. No podemos permitir que los odios políticos nos lleven a atropellar todo lo que hemos construido, dejándonos con una democracia muy poco plural y, por ello, cada día más frágil.