Martín Vizcarra nunca entendió que “Gallina que come huevo, aunque le quemen el pico”.

Presidente improvisado mediante complot, golpista consumado en el autogolpe de septiembre de 2019 cuando disolvió inconstitucionalmente el Congreso, encubridor y partícipe de mil y una fechorías personales ya investigadas, cómplice de la corrupción del Estado, volvió a comportarse como dictador irredento.

En un disforzado mensaje a la nación, plagado de palabras tan huecas como sus convicciones, anunció –excediéndose en sus facultades- que, puesto que el Parlamento no había aprobado la eliminación de la inmunidad para los congresistas según su propuesta, incluiría un referéndum específico sobre la materia en las próximas elecciones generales.

Confiado en la red de apoyo entre las bancadas congresales, nunca esperó que inclusive sus aduladores del hemiciclo le voltearían la espalda y en cuestión de horas votarían una reforma constitucional aún más radical: la no inmunidad ya no regirá para los parlamentarios, pero tampoco para el Presidente de la República y sus ministros.

Así el dictador tuvo que bajarse del carruaje golpista y quedar a merced de dos súper poderes, el PJ y la Fiscalía.

Hoy el ciudadano Vizcarra, en pleno ejercicio del cargo, puede ser procesado por más de 40 denuncias, que comienzan con su participación en el latrocinio del proyecto Chinchero, su representación de las mafiosas Odebrecht y Graña y Montero, pasan por el descubrimiento de una red vigente de nepotismo y amiguismo, y terminan en el robo de recursos públicos, pésima gestión y ocultamiento de las verdaderas cifras de muertos por Covid-19 que, según la propia OPS, no sería apenas 9 mil, sino por lo menos 34,000.

En vísperas de que se cumpla el plazo de convocatoria a las elecciones el 2021, Vizcarra está siendo reducido como una serpiente a la que se le pisa la cabeza. Pero no se puede confiar, ya le hizo un daño gravísimo a la institucionalidad republicana, sigue disponiendo libremente de las arcas públicas (cuyo desastre real se conocerá muy pronto) y todavía controla un puñado de matones, troles y prensa genuflexa.

Vacarlo es factible porque, aun cuando el Perú post pandemia necesita líderes políticos para reactivarse, en definitiva Vizcarra no lo es. Más bien –como en el Medioevo- la nación necesita sobre todo una reparación moral, una ordalía, y para eso al moqueguano se le acerca la hora. Difícilmente se mantendrá con la cabeza en los hombros: el pueblo no perdona.