Mientras el mundo sigue sufriendo los azotes del Covid-19 esperanzado en que para finales de año o inicios del 2021 se cuente con la bendita vacuna que pueda inmunizarnos de esta nueva peste china, aquí ha estallado la guerra política entre Ejecutivo y Congreso por la dichosa inmunidad parlamentaria cuyas consecuencias resultan surrealistas e impredecibles cuando el país atraviesa la peor crisis económica y social causada por la pandemia del coronavirus.

Tratemos de resumir la pelotera que se asemeja mucho a la grave confrontación de poderes de hace un par de años y que si viviese el poeta Martín Adán diría irónicamente que “hemos vuelto a la normalidad” que marca el grado de subdesarrollo constitucional y democrático de la nación. Al punto: el Legislativo aprobó, sin mayoría calificada, la eliminación de la inmunidad parlamentaria pero con un texto ambiguo que permite el aforamiento ante casi cualquier delito común y, para colmo, la reforma constitucional debe ser ratificada por referéndum. En cristiano, una sacada de vuelta y pretendiendo que la ciudadanía sea el cómplice con su voto. Ante ello, el Primer Mandatario replica y anuncia su propio referéndum para la abolición total de la inmunidad de marras y que se convocará junto con las elecciones generales del año próximo.

Un “pequeño” problema: el Presidente no tiene atribución legal para convocar esta consulta popular. Viene la dúplica y “represalia” del Parlamento que vuelve a votar lo mismo agregando la supresión de la inmunidad del jefe de Estado por delitos contra el patrimonio estatal cometidos durante su mandato “o con anterioridad” y a los ministros les retira la prerrogativa del antejuicio y “cualquier tipo de inmunidad”, reduciéndolos a hijos de cura. Ah, y si se repite esta votación en la Legislatura en curso, la reforma constitucional al caballazo será un hecho al no poder ser observada por el Primer Mandatario. Toda una guerra declarada sin importar la tragedia que se sufre. Pobre Perú desunido –otra vez- que se merece esta clase de “políticos”. ¿Nos salvará el TC? ¡AMÉN!