Mientras observamos la degradante competencia entre las potencias internacionales para conseguir la vacuna contra la pandemia, como si se tratara de un torneo deportivo, en lugar de desplegar un trabajo conjunto, el Covi-19 continúa expandiéndose en América Latina, que registra 210 mil muertos y 5 millones de contagiados. Su impacto colateral también es devastador: el desempleo se incrementó de 35 a 41 millones de personas y la pobreza a 230 millones, cifra que representa el 38% de la población regional.

En paralelo se desarrolla otra pandemia letal: la covi-chavista, originaria de Venezuela. A su ominosa sombra avanza la dictadura de Maduro, destruyendo la economía, saqueando arcas públicas, matando o encarcelando opositores y condenado a la miseria a sus compatriotas, cinco millones de los cuales han tenido que emigrar. Al mismo tiempo, cobija a guerrilleros colombianos de las FARC, del ELN y terroristas del Hezbolla, contando para esos actos de barbarie con el respaldo de la inteligencia cubana y el apoyo político de Irán, China y Rusia. Ninguno de estos temas, desde luego, han sido abordados en una reunión extraordinaria de la OEA, a pesar de su trascendencia.
Ahora, Maduro ha intervenido los partidos democráticos y designado sicarios políticos como miembros del Tribunal

Electoral para los comicios parlamentarios de diciembre, donde no participará la oposición. Y, para que nadie dude de esos propósitos vesánicos, el general Padrino, jefe de las Fuerzas Armadas, sostuvo que nunca dejarán el poder, ni por los votos ni por la fuerza.

Si bien la Unión Europea advierte que no acepta desplegar una “misión de acompañamiento electoral” porque no existen garantías, los países miembros del ayer brioso y hoy opaco Grupo de Lima todavía no han fijado una posición similar ni tampoco las directivas del Parlamento Latinoamericano, Amazónico, Indígena y Andino, dinámicas para participar en ceremonias protocolares y cocteles, pero renuentes para trasladarse a Caracas para solidarizarse con sus colegas.

Pero la pandemia política también llegó a Nicaragua, donde100 mil personas cruzaron la frontera con Costa Rica, huyendo del régimen de Ortega, que ahora no tiene reparo en ordenar que sus encapuchados golpeen sacerdotes y violenten templos: hace tres semanas lanzaron una bomba incendiaria a la Capilla de la Catedral Metropolitana de Managua, que conserva la histórica imagen de la Sangre de Cristo, que data de 1638.

Y en Bolivia, centro chavista en tiempos de Evo Morales, las brigadas del líder cocalero han bloqueado 120 puntos de las carreteras para impedir el tránsito vehicular y el traslado de alimentos. No sorprende esos actos de violencia, que constituyen un crimen de lesa humanidad, pero si indigna que el gobierno argentino de Fernández-Kirchner permita que Morales utilice su territorio con fines ilícitos, ante el silencio de la OEA, la ONU y de la Corte Penal Internacional.