“Desgracia”, es la palabra que abre la narración de “El mundo es ancho y ajeno”. Apago el televisor y me acerco al teclado para intentar escribir esta columna, asediado por la distopía de un momento que acaso advertimos en alguna de nuestras más crueles pesadillas. Un pequeño hombre con sombrero, acercándose diminuto al podio para pronunciar un discurso en cuyas imprecisiones reposa la esperanza de quienes votaron en las márgenes, los excluidos, dicen los opinólogos, los sin voz, exclama un sociólogo en la parquedad de su recinto.

De pronto todas las pantallas del país han sido tomadas por el diminuto hombre del sombrero y en las casas nos preguntamos porqué no se lo retira si está dentro de un recinto en el que las formas exigen que por respeto se lo quite. Debería tener ese gesto para las tribunas, le digo al politólogo Juan Antonio Bazán. “No puede”, responde. “Además, no debe hacerlo porque si se lo quita es nadie”.

Vuelvo a la pantalla de mi televisor y en efecto la voz que escucho es la voz del sombrero. No es la voz de alguien sino el sonido anacrónico de un símbolo que roza con la angustia de quién no sabe cómo llegó allí pero conserva la radicalidad de quien ha sido negado para el consenso. Por eso insiste en lo que le dicta otra cabeza porque ese sombrero bien puede estar sobre cualquier cabeza.

“Desgracia”, dijo Alegría en el pórtico de la épica de Rosendo Maqui y me pregunto si ese sombrero podría ser algún Maqui extraviado en la urbe, intento justificar su resentimiento, trato de acercarme a las causas que lo obliguen a dispararse a los pies, a convocar un gabinete para el desgobierno, para la polarización, para la profundidad de las brechas. Queda detenerse en los símbolos y responder con otros símbolos que le expliquen a todos que la reacción tiene que ser colectiva. Sería terrible dejarse derrotar por un sombrero, por una construcción de mimbre que no nos representa. Queda el cuerpo normativo, queda la Constitución, queda la libertad, queda la calle. Rosendo Maqui era voluntad, no revancha ni resentimiento. “A dónde vamos”, pregunta Benito Castro. Y, ahora, esa pregunta se escucha coral cuando nos sitia la desgracia.