La pérdida constante del valor de la palabra como expresión de la verdad causa preocupación, así como el menoscabo que sufre cuando manifiesta la voluntad ficticia de cumplir un compromiso (denegación fáctica, dicen algunos). O si se la emplea confusamente para decir muchas veces algo diferente –y hasta contrario– a lo que se piensa y que los demás deben de comprender cabalmente (programas de TV desde la Casa de Pizarro) como un derecho que les es inherente. Entonces se tiene la impresión de estar en otra Torre de Babel peruanizada, donde no hay confusión de lenguas, sino de ideas y expresiones en nuestro propio idioma, de eso saben mucho Vizcarra y sus gabinetes, donde la palabra es utilizada como trapeador.

Es evidente que la palabra es esencial para la correcta y natural comunicación humana. Aquélla es el símbolo que al ser descifrado en el proceso de la comunicación, abre mayores perspectivas para el entendimiento entre las personas.

Pero se advierte con estupor que la palabra ya no es, no representa, ni siquiera refleja, lo que se dice con ella. En la práctica sirve para expresar muchas cosas; mas, si no corresponde a los hechos ni a los pensamientos a los cuales pretende referirse, la expresión verbal resulta ser un vector de falsedad por la manipulación de que es objeto. Y en vez de cumplir su digno y propio papel de ser una de las características distintivas y excelsas del ser racional, se la convierte en albañal de mentiras. Se atenta irresponsablemente contra el valor de la palabra al decir, adrede, una cosa por otra y hacer lo contrario de lo que se menciona.

Inclusive se llega, en este absurdo maltrato de la palabra en clara violación de la libertad de expresión, porque se tergiversa la información y la verdad, las cuales el público tiene derecho de recibir diáfana, directamente y/o por los medios de comunicación social.

La estrategia comunicacional del Coronavirus en el Perú es una muestra de cómo se devalúa la palabra, restándole la credibilidad que merece y se le utiliza, en muchas ocasiones, en un extraño juego de ilusionismo, suponiendo que los peruanos ya hemos perdido hasta la memoria. Así se medra otra vez la mentira como el ocultamiento fraudulento de la verdad.

Habría que recordar la enseñanza de Platón a los políticos: “El gobierno es como la tutela; vale el interés del pupilo y no las preferencias particulares del tutor…”.

La palabra ha de tener la virtud de la prudencia de quien la utiliza, la justicia como manifestación de lo equitativo, la fortaleza como constancia invencible del espíritu y la templanza, como orden y razonamiento.

Respetemos la palabra en su sentido preciso y en su forma perfecta, para disfrutar de su belleza y de la verdad. Puede parecer difícil. Sin embargo la persona humana, obra acabada de Dios, y como ser social, está éticamente comprometida a resguardar la armonía de la vida mediante lo que expresa.