En su Historia Universal de la Infamia, Borges tiene un maravilloso texto: ‘El asesino desinteresado Bill Harrigan’. En él narra magistral y brevemente la crónica de una vida ostentosa, cruel, desmesurada, la de Billy the Kid, el mítico bandolero del lejano oeste norteamericano que murió a los 21 años y que a esa edad debía ya 21 muertes “sin contar mexicanos”. Como escribe Borges, en siete años -desde que a los catorce fulminó en una taberna al temido Diego Villagrán de Chihuahua- practicó ese lujo: el coraje.

Hace 10 años, una foto de Billy the Kid, la única que existe, se vendió en una subasta por 2 millones 300 mil dólares. Su propietario hasta ese entonces, la había adquirido en un remate de chucherías, junto con otros cachivaches, por 2 dólares.

Esta vez fue un matrimonio texano que guardaba la pistola con la que el comisario Pat Garret, sheriff del condado de Lincoln, mató a Bill the Kid un 14 de julio hace 140 años, que la ofreció a una casa de subastas. La famosa pistola que retumbó en los arenales de Fort Summer acaba de ser adquirida en Los Ángeles por 6 millones 300 mil dólares.

Matar a distancia abrió un capítulo interminable de la historia humana. Un estudio de la revista Nature descubrió que las armas más antiguas utilizadas por nuestra especie para matar a distancia datan de 300 mil años, cuando los Neandertales las utilizaban para cazar. Las lanzas descubiertas en Shoningen, Alemania, dieron la noticia.

Entre las espadas fulgurantes de aquel homínido primitivo que se abría paso en la vida con sus propias manos, hasta los drones no tripulados que se utilizan en la actualidad, han pasado decenas de miles de años. Y las armas se han expandido y perfeccionado increíblemente.

Pero la quijada de burro de Caín del primer crimen de la historia y las lanzas de los Neandertales que mataban a decenas de metros, no sólo llenan ahora los museos y los arsenales de los países sino que duermen en el fondo de la psique humana hasta que un sordo clamor las despierta para cumplir su cometido. Entre Eros y Tánatos se disputan el mundo pero Tánatos siempre gana la partida porque -como escribió Heidegger- “somos seres hacia la muerte”, algo que cualquiera puede comprobar en el más fecundo de sus días.

Dice la historia, o quizás la leyenda que para el caso es lo mismo, que Billy the Kid regresó a las proximidades de Fort Summer por un amor, Paula, la mujer de ojos irlandeses como los suyos. Al no ir hacia el norte, como podía, sino al sur, como quería, selló su destino. El forajido pálido y esmirriado que asoló varias comarcas con sus estragos y fechorías, se rindió a la gracia de unas manos de seda y por ir a buscarlas sucumbió.

La pistola que lo mató es, sin duda, una reliquia. ¿Del mal? ¿Del bien? ¿De la azarosa leyenda del oeste norteamericano? En un lado, el sheriff. En el otro, el bandolero. Y en el medio, el coraje para escribir la historia con dos balas.

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