Sieyès fue el sacerdote francés que en 1788 publicó ¿Qué es el Tercer Estado? Allí desarrolló la teoría del Poder Constituyente a partir de una ficción: la existencia de una “voluntad popular” que puede ser expresada de manera puntual y uniforme. Así, la decisión de fundar una nación con un determinado régimen político no sería fruto de la evolución histórica como en Inglaterra, de la necesidad de asegurar la independencia de los vecinos en el Perú o de sublevarse contra los impuestos abusivos como en USA, sino el resultado de una extraordinaria convicción popular. Esta romántica visión, propia del espíritu de la Revolución Francesa, tiene relación con la insistencia extremista por instaurar, a cualquier costo, una Asamblea Constituyente.
No se trata tan solo de tener una nueva Constitución, pues el Congreso recién elegido y legitimado al representar todas las corrientes políticamente importantes del país, podría reformar íntegramente la actual sin necesidad de ningún procedimiento previo. El problema para los comunistas es que la reforma total o parcial tendría límites materiales, deberá respetar los principios y valores democráticos como la alternancia, el pluralismo, la separación de poderes y el régimen político; ello, porque en la teoría de Sieyès el Congreso, durante la reforma constitucional, actúa como Poder Constituyente Constituido; una Asamblea Constituyente en cambio, invoca el concepto idealizado de Poder Constituyente Originario, esa decisión fundante, extraordinaria, original, y cuya posibilidad de reconocer límites es objeto de debate académico.
Quien quiera cambiar de sistema político, llevando al Perú de la democracia constitucional al socialismo marxista, debe usar la franquicia chavista para defender su totalitarismo frente a cualquier demanda de inconstitucionalidad ante el TC e incluso ante organismos internacionales. Pero claro, el partido de Cerrón, Perú Libre, obtuvo 2’724,752 votos válidos y su socio Frente Amplio solo 65,300; así, los dos partidos marxistas unidos suman apenas 2’855,352 en un universo de 14’400,630 votos válidos, equivalente a un escuálido 19.8%. No les alcanza para legitimar el cambio, por eso toman del fascismo italiano la idea de introducir constituyentes designados por las cúpulas dirigentes de etnias indígenas, afrodescendientes, quechuas y aimaras, u ocupacionales como delegados sindicales y empresariales. Así inclinan la balanza ideológica a su favor, distorsionando la verdadera voluntad política de la sociedad, la que, por su propia naturaleza, está dividida y representada por agrupaciones políticas.
Históricamente, la Asamblea Constituyente fue un eficaz instrumento para transitar de la dictadura militar hacia la democracia representativa. La propuesta por Castillo sería la llave que le permitiría sumergirnos en el chavismo bolivariano.

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