La primera línea es un documento de reafirmación. Los poetas congregados estuvieron, durante la pandemia, defendiendo la vida con sus palabras. Todos son grandes poetas, referentes de los últimos cincuenta años de poesía iberoamericana, hombres y mujeres con quienes podemos afirmar que el 2020 fue el año cuando la poesía se impuso al miedo colectivo, el año cuando los poetas no solo estuvieron en pie de guerra sino que fueron las armas y los escudos de una época que además de lecciones nos devolvió el valor de la vida, la claridad del lenguaje y una estética que tiene en la cooperación y la fraternidad sus más exactas licencias. Son 87 poetas que representan una forma, un modo de decir la poesía, 87 poetas sobre quienes ningún ilustrado lector tendría recursos para cuestionar la calidad de sus propuestas. ¿Que pudieron ser más? Seguro. Uno de los prodigios de la poesía es que no se termina nunca.

Hace 21 años empecé con la organización de esta cartografía motivado por ir más allá del discurso hegemónico y me propuse realizarla interactuando con los protagonistas de nuestro proceso, la comunicación con cada uno de ellos no solo me ha dado luces para entenderlo, sino para defender un legado. Alguna vez en una conversación con Xavier Oquendo Troncoso, coincidimos en que somos afortunados al tener como maestros a muchos de los aquí reunidos, poetas horizontales que no dudan en leernos o entregarnos sus inéditos. Un poeta es el universo afirmándose en un cuerpo, de allí esa cualidad para sentir por todos y estar atento a todo lo que pasa. Por eso cuando dice “agua” siente como si se tratara del río que baja por las montañas y cruza laderas para tocar el mar; por eso cuando se enciende, en sus labios palpita el fuego y, con el fuego, el vapor que marca a quien le habla. Todos los elementos se pronuncian con el poeta porque el poeta es todos los elementos. Pienso que la poesía es esa fe, ese credo que nos permite olvidarnos de la edad. “Los poetas no tienen edad”, decía Corcuera. Y en eso coincide con Omar Aramayo, el poeta de

Los Dioses que ha tenido la generosidad de escribir el epílogo de esta antología; aquel tiro de dados al que me referí cuando advertí que, a pesar de las pérdidas, todavía podemos ganar esta partida. Gracias a los poetas que me han permitido ser cómplice y testigo de todos estos años de escritura, gracias a quienes con su paciencia me permiten dosificar la tensión para continuar resistiendo, gracias al Ministerio de Cultura, en la persona de Alejandro Neyra; sin ustedes, habría sido imposible llegar a este domingo con esta publicación.