Veinticinco años cumplió en 2020 una obra emblemática en nuestra literatura reciente: Blanco y negro, de Carlos Herrera. Era menester, por tanto, realizarle a esta novela unas merecidas bodas de plata. De esta labor se encargó La Travesía Editorial, cuyo trabajo de edición —hay que decirlo ya— nos ha otorgado un libro de ropaje bello.
La presente edición, que es conmemorativa, trae un breve y persuasivo prólogo de Fernando Iwasaki. El resto, el texto en sí, es una novelita preciosa que no tiene una sola arruga en la frente y que, quizá ahora en épocas electorales, adquiere una renovada juventud.
Vamos al asunto.
Blanco y negro nos cuenta la génesis, el desarrollo y el final de un «héroe» llamado Ulises García, quien posee un extraño mal que lo hace ver los aspectos negativos y positivos de cualquier fenómeno sin lograr extraer de ellos una síntesis. Esta rara condición (que recibe el nombre de «razón contradictoria») lo incapacita para tomar decisiones, desde las más simples hasta las más complejas. Ulises, además, padece de un imperceptible defecto físico: no puede ver a colores. Todo lo observa en blanco y negro. Así, por ejemplo, se encuentra negado para apreciar la belleza de un atardecer.
Ulises, sin embargo, crece y trata de insertarse en el mundo, y es allí cuando, a través de su mirada objetiva, se nos despliega la historia del Perú reciente: el golpe de Estado de Velasco, la sucesión de Morales Bermúdez, el retorno de Belaunde, la llegada de Alan García y la crisis económica, el advenimiento del Fujimori y del terrorismo. Lo interesante es que el narrador jamás menciona nombres o brinda fechas, sin que esto despiste al lector.
Llama la atención la organización textual de la novela y el juego o la parodia que propone. Basta con observar el índice para preguntarnos si estamos ante una tesis. Por otro lado, el lenguaje, totalmente depurado, tiene el propósito de presentarnos la vida de Ulises como si se tratase de un frío expediente cuando, en realidad, la vida del protagonista está signada por la fatalidad. De hecho, el humor negro, abundante a lo largo de la novela, adquiere una connotación bastante cruel al ser expresado mediante este lenguaje aséptico.
Si el célebre Bartleby de Herman Melville prefería no actuar, el Ulises García de Carlos Herrera simplemente se mantiene en la imposibilidad de tomar partido. En él, la indecisión constituye un atributo.

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