La imagen de Kenji y Keiko Fujimori abrazados después de dos años de distanciamientos, declaraciones infraternas y rupturas políticas fue esperanzador en un clima de polarización, ofensas y maltratos; en una campaña electoral que por momentos parece que se desborda.

Nadie, ni la misma Keiko Fujimori, esperaba llegar a la segunda vuelta de estas elecciones tras haber perdido buena parte de su capital político, estar inmersa en interminables procesos judiciales, 18 meses de carcelería y haber perdido la mayoría absoluta en el Congreso elegido en el 2016.

Sin embargo, hoy se enfrenta no solo a la segunda vuelta más difícil de las tres que lleva recorriendo, sino que tiene en su manos el futuro de un país y la esperanza de una generación que no quiere que sus sueños de libertad y progreso se trunquen por una aventura populista y autoritaria.

Esta no es una elección cualquiera. Son quizás los comicios más importantes desde 1980 porque están en juego la libertad y la democracia. Y es Keiko Fujimori, una de las mujeres políticas más vilipendiadas de los últimos 20 años, la que tiene tal responsabilidad sobre sus hombros.

El antifujimorismo está golpeado, su máximo representante, Mario Vargas Llosa, ha optado por la razón y sus principios, antes de seguir alimentando un odio visceral que a nada bueno nos condujo.

He discrepado profundamente de muchas de las posiciones políticas de nuestro nobel en los últimos 30 años, pero esta vez es digno de reconocer no solo su apoyo directo a la candidatura de Fujimori Higuchi, sino que también es destacable que no haya condicionado su respaldo a que la hija de Alberto Fujimori no le conceda el indulto humanitario a su padre de llegar a ser presidenta.
A veces pareciera que todo está perdido, que los peruanos no seremos capaces de mirarnos nuevamente a los ojos, que las distancias políticas acaban con la armonía familiar y alejan amistades, pero no.

“Son muchos, muchos más, los que perdonan, que aquellos que pretenden a todo condenar”, dice el verso. Quizás teníamos que estar en una encrucijada de este tipo para decir que ya estuvo bueno de tantos enfrentamientos, que el 7 de junio empieza una nueva etapa en el Perú, que los que creemos en la libertad, las instituciones y la auténtica democracia solo tenemos una opción, pero que respetamos las motivaciones de quienes tienen otra alternativa.
El fin de semana ha habido demasiados gestos que nos hacen pensar que algo bueno está por venir. Ver a las hijas de dos expresidentes, como Keiko Fujimori y Carla García, hablar de política sin odio, sabiendo que en algún momento sus padres estuvieron en orillas opuestas, fue alentador.
Aunque creas que el odio está en su máxima expresión. No bajemos los brazos, el ideal de un Perú mejor para todos debe ser más fuerte que cualquier mezquindad de quienes solo buscan una parcela de poder y no perder todo aquello de lo que han vivido en los últimos diez años.

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