La república cínica

La república cínica

Escribir sobre corrupción en el Perú es un sobreentendido, es describir el mar. Alfonso Quiroz nos descubrió que toda la historia peruana se construyó sobre el detritus y detrás del detritus “el mirar de lado”. El patrimonialismo y el sultanismo van juntos, es el poder y el acceso a la llave de la bóveda estatal. Basadre fue indulgente con estas sustancias hórridas de la que está hecha nuestra política porque miró el poder, pero detrás del poder está la gente, la gente que no roba, pero que se deja robar.

Un puñado de periodistas de Willax y otros desde el impreso nos dan ya el tictac que desatará todos los vientos, pero siempre habrá de donde agarrarse para normalizar la corrupción. No hay una sola olla batiendo en los balcones, nadie embandera, los bicentenarios aún creen que Merino es Abimael Guzmán.

La indignación en el Perú es selectiva, mueve el piso según de qué lado estés. “Niego categóricamente” es la frase de cliché por excelencia del gobernante descubierto, del alcalde con las manos en la masa, del ladino traficando con el poder. Hace más de veinte años Vladimiro Montesinos fue expuesto en un video que destruyó a un gobierno duro de derruir, pero fue fácil. Los universitarios tomaron las calles, la Plaza de Armas se abrió ante el clamor, los artistas enfurecidos acallaron al viento, todos los partidos de la mano. Los 4 Suyos fue la estimación de lo que a la gente le importaba entonces la corrupción. Un corrupto con quien comulgas podría hoy caminar suelto y ser aplaudido en la cola del cine mientras tus “adversarios” hacerla entre tus aplausos en el umbral de su detención.

Una cortina de humo puede quitarle peso a un cuaderno fiscal, la calle mudar de interés por una tarde futbolera y podemos pasar por agua tibia lo pútrido, porque así se lavan las cosas hoy en el Perú. Tanto se ha normalizado la corrupción que, en teoría, una organización criminal puede llegar al poder para quedarse, lo que debería tornar al ciudadano displicente en miembro honorario de la organización. Abstenerse es obrar…es colaborar, apañar, consolidar y hasta sacar carnet. Quizás sea el cinismo de los tiempos o la mediocridad moral. Leemos sobre el cinismo que es “la actitud de la persona que miente con descaro y defiende de forma descarada, impúdica y deshonesta algo que merece general desaprobación”. Por desgracia, en esa estamos.