Los ataques a la democracia se extienden por todo el mundo, a veces con éxito. Hoy día el Perú se enfrenta nuevamente a una amenaza autoritaria que tiene muchas posibilidades de imponerse.
Un nuevo libro de Anne Applebaum, “El ocaso de la democracia: La seducción del autoritarismo”, trata de este fenómeno que es universal: “dadas las condiciones adecuadas, cualquier sociedad puede dar la espalda a la democracia”, es la inquietante constatación de la autora, famosa entre otras cosas por obras como “Gulag. Historia de los campos de concentración soviéticos”, “El telón de acero. La destrucción de Europa del Este 1944-1956” y “Hambruna roja. La guerra de Stalin contra Ucrania”.
En esta ocasión Applebaum trata sobre todo del populismo y autoritarismo nacionalista que está sojuzgando a Hungría y Polonia, pero su análisis es extensivo a todas las dictaduras:
“El autoritarismo es algo que atrae simplemente a las personas que no toleran la complejidad: no hay nada intrínseco ‘de izquierdas’ o ‘de derechas’ en ese instinto. Es meramente antipluralista; recela de las personas con ideas distintas, y es alérgico a los debates acalorados. (…) Es una actitud mental, no un conjunto de ideas.”
En verdad, hace pensar en cierto político peruano alérgico a los debates.
En sus reflexiones sobre este fenómeno universal, podemos encontrar más que similitudes sobre lo que ocurre hoy en el Perú. Dice bien que ningún autoritario contemporáneo puede triunfar sin “los escritores, intelectuales, panfletistas, blogueros, asesores de comunicación política, productores de programas de televisión y creadores de memes capaces de vender su imagen a la opinión pública. Los autoritarios necesitan a gente que promueva los disturbios o desencadene el golpe de Estado. Pero también necesitan a personas que sepan utilizar un sofisticado lenguaje jurídico, que sepan argumentar que violar la Constitución o distorsionar la ley es lo correcto. Necesitan a gente que dé voz a sus quejas, manipule el descontento, canalice la ira y el miedo e imagine un futuro distinto.”
¿Acaso no recordamos a la legión de panfletistas y abogados que justificaron la flagrante violación de la Constitución cuando Martín Vizcarra disolvió el Congreso? ¿No vemos ahora a intelectuales y blogueros manipulando el justificado descontento y la ira para respaldar una probable dictadura?
Todo comenzó con “el Estado unipartidista bolchevique [que] no era meramente antidemocrático: era también anticompetitivo y antimeritocrático” porque “los cargos de responsabilidad no se asignaban a los más trabajadores ni a los más capaces, sino a los más leales.”
Y cita a Hannah Arendt que observaba “la atracción que ejercía el autoritarismo en las personas que estaban resentidas o se sentían fracasadas, cuando escribía que el Estado unipartidista del peor tipo ‘reemplaza de manera invariable a todos los talentos de primer orden, independientemente de sus simpatías, por necios y chiflados cuya falta de inteligencia y creatividad sigue siendo la mejor garantía de su lealtad’.”
Premonición de lo que podría venir.

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