Se podría afirmar que no existe ciudadano que no esté de acuerdo con reformar. No importa demasiado a qué costo o con qué propósito; históricamente, la maldición latinoamericana ha sido el cambio permanente de las reglas, para hacer carrera administrativa, invertir o planificar un emprendimiento. Ciertamente, la constante modificación de las normas atenta contra la institucionalidad, la estabilidad, la predictibilidad y la confianza de los ciudadanos para con su Estado.

Paradójicamente, en el Perú se necesitan algunas reformas profundas, pero es indispensable que la ruta para emprenderlas empiece por definir con nitidez el objetivo que queremos lograr, a fin de poder prever los posibles resultados del proyecto reformador. Si se trata, por ejemplo, de evitar que en lo sucesivo el Gobierno carezca del necesario respaldo del Congreso, cabe advertir que, en el presidencialismo, corresponde a la habilidad del Presidente lograr las negociaciones y acuerdos que conduzcan a establecer una alianza que forme una mayoría parlamentaria propicia al Ejecutivo. Eso requiere de capacidad política, que solo se adquiere con la experiencia; sin embargo, al ser un bien escaso, parece necesario modificar las reglas constitucionales para intentar lograr el objetivo.

Ha sido planteada la propuesta de conformar al Congreso recién en una segunda vuelta parlamentaria, coincidente con la segunda vuelta presidencial. Emulando parcialmente el ejemplo francés, se podría establecer vía legislativa distritos electorales reducidos para que cada uno elija solo un congresista; así, los dos candidatos más votados en cada distrito electoral pasarían a la segunda vuelta. Es conocido en la Ciencia Política que existe un efecto de arrastre en favor de los candidatos al Congreso de las agrupaciones de los dos postulantes a la presidencia que lograron pasar a la segunda vuelta; sería ideal lograr un bipartidismo imperfecto.

También es necesario recordar un segundo efecto, en cada distrito electoral será más fácil votar por el candidato más moderado, por el que menos rechazo despierte, pues casi todos los que votaron por los candidatos que no lograron superar la primera valla buscarán expresar su animadversión a quien se manifieste más alejado de sus posiciones. Eso lo han experimentado los candidatos de Marina Le Pen, quien en Francia es vista como la opción radical de extrema derecha.

Cabe advertir que, a pesar de todo, siempre será posible que las agrupaciones opositoras al presidente recién elegido, logren la mayoría parlamentaria, o que ante la primera crisis gubernamental los diputados oficialistas pasen a la oposición. En el fondo, en el presidencialismo siempre será imprescindible hacer política: tolerar, negociar, acordar.