Todas las semanas, me reúno con el politólogo Juan Antonio Bazán y el crítico literario Luis Miguel Cangalaya, ambos editores del suplemento Contrapoder, que publica Expreso, cada quince días. Conversamos en torno a lo que acontece en el Perú actual, política y culturalmente; preocupados por lo que sucederá en abril frente a las mínimas opciones de candidatos cuya experiencia y formación intelectual les permita administrar con éxito el país. Nos remitimos entonces a la historia; a Giovanni Pico della Mirandola, por ejemplo, el humanista conocido por sus “Conclusiones philosophicae, cabalisticae et theologicae” (las 900 tesis), precedido por aquella famosa introducción titulada “Discurso sobre la dignidad humana”, en la que señaló los ideales del renacimiento y valoramos la atención que le entregaron al problema del hombre, a temas tan puntuales como la moral, la razón o la empatía. Sobre esto, siglos después, John Locke (1632), padre del liberalismo clásico, fue determinante en su “Ensayo sobre el entendimiento humano” (1688) quien, tal como subrayó en su epitafio, fue “alguien que, aunque no fue tan lejos en las ciencias, solo buscó la verdad”.

Lo mismo que Adam Smith (1723), la primera referencia de la economía clásica, recordado no solo por “La riqueza de las naciones” sino por “La teoría de los sentimientos morales”, texto en el que explora las cumbres y los abismos de la conducta humana, que incluye la virtud, el resentimiento, la admiración y la venganza; manifestaciones que llamaron la atención de Jean Paul Sartre y que lo conminaron a escribir “La trascendencia del ego” (1938). Todos ellos, hombres de la política, la filosofía y la economía, libres pensadores a los que me pregunto si acaso habrán leído, no en su totalidad, pero al menos algunas de sus obras, los aspirantes al sillón presidencial; en un momento en el que, tal y como aprendimos con los renacentistas, se impone asimilar el derecho a la discrepancia, el respeto a la diversidad y el derecho a crecer desde donde nos sugiere el entendimiento. Lamentablemente, “la oferta política” es en extremo precaria, salvo una o dos honrosas excepciones; lo que nos obliga a que nuestros intelectuales, si decidieron estar al margen de la coyuntura, deberían intentar formar a quienes mañana intentarán representarnos. Seamos realistas, el bicentenario, en vez de acercarnos a la cima de lo que pudo ser la conclusión de nuestra república; nos llevará a la sima, para que desde allí la refundemos.